Pero la pregunta más sobrecogedora no es cuánto sufrió, sino qué amor puede llevar a alguien a aceptar semejante sufrimiento por los demás.
La flagelación romana desgarraba la piel. La corona de espinas hería su cabeza. Los clavos atravesaban sus manos y sus pies.
Cada movimiento sobre la cruz intensificaba la agonía.
La Sábana Santa conserva marcas que algunos investigadores relacionan con las heridas de la pasión, aunque varias interpretaciones siguen siendo objeto de debate.
Pero hay algo que ninguna reconstrucción médica puede abarcar por completo: el significado de aquel sacrificio.
Jesús no fue a la cruz porque careciera de poder para evitarla. La aceptó libremente por amor, para redimirnos del pecado y abrirnos el camino hacia la vida eterna.
"Nadie me quita la vida, sino que yo la doy por mi propia voluntad" (Juan 10,18).
La cruz nos recuerda la gravedad del pecado, pero también hasta dónde llegó el amor de Dios para rescatarnos.
Cristo no esperó a que fuéramos perfectos para entregarse por nosotros. Nos amó incluso en nuestra debilidad.
"Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos" (Juan 15,13).
Fuente:Andrés Cuevas

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