¿Sabías que el hombre que escribió casi la mitad del Nuevo Testamento, que levantaba muertos y que cambió la historia del mundo occidental, tenía un defecto personal tan frustrante que le suplicó a Dios que se lo quitara... y Dios le dijo que no?
Mira la escena, porque si eres de los que vive agotado tratando de tenerlo todo bajo control y te aterra equivocarte, esto te va a quitar una tonelada de peso de encima.
Vamos a 2 Corintios capítulo 12. El apóstol Pablo está abriendo su corazón. A pesar de todo su éxito, confiesa que tiene un "aguijón en la carne". Los teólogos han debatido por siglos qué era: algunos dicen que era una enfermedad dolorosa en los ojos, otros que era un defecto del habla o ataques severos de depresión. No importa qué era exactamente, lo que importa es que era una debilidad evidente, algo que lo limitaba, le daba vergüenza y lo hacía sentir incompleto frente a los demás.
Él hizo lo que cualquiera de nosotros haría. 2 Corintios 12:8 dice: "Respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí". Pablo suplicó: "Señor, arráncame este defecto. Si me lo quitas, podré servirte mejor, seré un líder intachable, seré la mejor versión de mí mismo".
Pero la respuesta de Dios rompe por completo las reglas del éxito humano. El versículo 9 registra lo que le contestó: "Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad".
Dios no lo arregló. No lo hizo "perfecto" según los estándares de la sociedad. Básicamente le dijo: "Voy a dejar ese defecto ahí, porque si fueras impecable, creerías que el éxito es tuyo y no me necesitarías. Tu debilidad no es un obstáculo, es el escenario exacto donde mi poder brilla más".
Y aquí está lo que necesitas entender hoy si vives con la enfermedad del perfeccionismo. Si te castigas mentalmente durante días por un pequeño error, si sientes la presión asfixiante de tener que ser la madre perfecta, el profesional que nunca se equivoca, o la persona fuerte que siempre tiene que sostener a los demás.
Tienes pánico de que la gente vea tus grietas. Crees que tus debilidades, tus miedos o tus limitaciones te descalifican. Piensas que Dios y los demás solo aprueban tu versión editada, filtrada y sin errores.
Pero la Biblia nos muestra que Dios nunca ha contratado a gente perfecta. El perfeccionismo es una trampa del ego; te hace creer que tu valor depende de tu rendimiento. Tu "aguijón" —esa inseguridad, esa limitación, esa área de tu vida que por más que intentas no logras arreglar del todo— no es un defecto de fábrica. Es el ancla que te mantiene humilde y dependiente de Él.
Así que respira. Quítate de una vez esa armadura pesadísima de la perfección. Está bien no tener todas las respuestas. Está bien pedir ayuda. Está bien que la gente vea que eres humano y que a veces te cansas. Tu valor no depende de tu capacidad para no fallar jamás, depende de la gracia que te sostiene cuando lo haces. Abraza tu humanidad, porque es exactamente por el medio de tus grietas por donde entra la luz.
Fuente:Alejandra Basanta
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