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viernes, 28 de agosto de 2026

Bendecir a los hijos

 Hay una antigua costumbre católica que merece ser recuperada: que los padres bendigan a sus hijos.


No es una devoción inventada ni una especie de imitación del sacerdote. La Iglesia reconoce expresamente esta bendición y hasta ofrece un rito para realizarla.

1️⃣ El Bendicional de la Iglesia contiene expresamente una «Bendición de los hijos».

Y recuerda algo muy significativo: siempre ha sido muy estimada entre los cristianos «la bendición impartida a los hijos por los mismos padres».

2️⃣ Por tanto, sí: un padre y una madre pueden bendecir verdaderamente a sus hijos.

El propio Bendicional señala que este rito puede ser utilizado por «los padres, el sacerdote o el diácono».

3️⃣ Esto no significa que los padres bendigan desde el mismo ministerio que un sacerdote.

El sacerdote y el diácono lo hacen desde el sacramento del Orden. Los padres lo hacen como bautizados y desde la misión que Dios les ha confiado respecto de sus propios hijos.

4️⃣ Y es una práctica profundamente bíblica.

Jacob bendice a Efraín y Manasés imponiendo las manos sobre ellos:

«Que el Ángel que me ha librado de todo mal bendiga a estos muchachos» (Gn 48,16).

5️⃣ También el libro del Eclesiástico afirma:

«La bendición del padre asegura la casa de sus hijos» (Si 3,9).

La bendición paterna aparece así como una expresión concreta de la autoridad recibida de Dios para amar, educar y conducir a los hijos hacia Él.

6️⃣ El gesto que propone el Bendicional es especialmente hermoso.

Los padres hacen la señal de la cruz sobre la frente de sus hijos y pronuncian sobre ellos la oración de bendición.

Una cruz trazada por quien les dio la vida y pide ahora a Dios que los acompañe durante toda ella.

7️⃣ El mismo Bendicional ofrece esta fórmula:

«El Señor te guarde
y te haga crecer en su amor,
para que andes como pide la vocación
a la que has sido convocado».

El hijo responde: «Amén».

8️⃣ Puede hacerse al acostarse, al salir de casa, antes de un viaje, en una enfermedad, en un momento importante o sencillamente como costumbre cotidiana.

No hacen falta grandes ceremonias. Una señal de la cruz en la frente y unas palabras dichas con fe bastan.

Quizá sea una de esas tradiciones sencillas que nunca deberíamos haber dejado perder.

Un niño que recibe habitualmente la bendición de sus padres aprende algo esencial: que sus padres lo aman, pero también que saben que su vida pertenece finalmente a Dios.

Y pocas herencias pueden ser mejores que esa.




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