La Asunción parece hablar solo de María. En realidad, dice algo enorme sobre Cristo.
Cuando la Iglesia celebra que María fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo, no está simplemente exaltándola a ella. Está proclamando hasta dónde llega la victoria de su Hijo.
Cristo no vino a salvar almas separadas del cuerpo. Vino a redimir al ser humano entero. Por eso la Asunción de María anticipa algo que los cristianos profesamos cada domingo: la resurrección de la carne.
En María vemos por adelantado el destino que Cristo abre para quienes pertenecen a Él. Su cuerpo no es descartado como algo secundario, sino llamado también a participar de la gloria.
Eso hace que estos días de preparación para la Solemnidad de la Asunción sean mucho más que una costumbre devocional. Nos obligan a recordar que el cristianismo no espera escapar del mundo material, sino su redención.
La Asunción engrandece a María precisamente porque muestra la fuerza de Cristo: lo que Él hizo plenamente en su Madre es anticipo de lo que promete realizar en su Iglesia.
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