Ser influéncer católico puede ser un verdadero apostolado. Pero también puede convertirse, casi sin darnos cuenta, en una tentación espiritual muy seria.
Porque el demonio es astuto: no presenta el mal como mal. Lo reviste de apariencia de bien, porque sabe que, si viéramos con claridad adónde conduce, muchas veces no lo elegiríamos.
1️⃣ Uno comienza queriendo hablar de Cristo.
Después descubre que sus palabras gustan, que le siguen, que le citan, que le felicitan. Y nada de eso es malo.
El problema comienza cuando deja de importar tanto que conozcan a Cristo y empieza a importar que sepan quién se lo contó.
2️⃣ La primera tentación es muy sutil:
«Tengo que estar presente para evangelizar».
Y probablemente sea verdad.
Pero puede acabar convirtiéndose en:
«Tengo que estar presente».
Y finalmente:
«Tengo que ser el centro».
Cristo desaparece mientras el apóstol permanece en primer plano.
3️⃣ Entonces llega una tentación peligrosa: convertir la propia vida en argumento de autoridad.
«Yo ya lo dije».
«Yo lo advertí».
«Yo estuve allí».
«Yo conozco a…».
«Yo entrevisté a…».
«Yo hice…».
El Evangelio termina conjugándose demasiado en primera persona.
4️⃣ Incluso el bien realizado puede alimentar la vanidad.
Una obra apostólica.
Una conferencia.
Una entrevista.
Una fotografía con alguien importante.
Una publicación que alcanza miles de personas.
Todo puede hacerse para gloria de Dios.
Y todo puede terminar utilizándose para construir la propia gloria.
5️⃣ Una de las trampas más finas de la vida espiritual es pensar que, porque defendemos cosas buenas, nuestras intenciones son necesariamente buenas.
Podemos defender la verdad y buscar, al mismo tiempo, nuestra propia exaltación.
6️⃣ El peligro aumenta cuando uno comienza a convertirse a sí mismo en modelo.
Ya no propone simplemente una doctrina o una forma de vivir la fe.
Propone, quizá sin decirlo:
«Miradme a mí. Así es como debe hacerse».
Y entonces el testimonio puede transformarse en exhibición.
7️⃣ También aparece la necesidad de reconocimiento.
Las redes acostumbran muy deprisa al aplauso:
seguidores, likes, retuits, comentarios, invitaciones, fotografías…
Y aquello que comenzó como instrumento de evangelización puede acabar alimentando el ego.
8️⃣ Por eso quien evangeliza en redes necesita una vida espiritual especialmente vigilante.
Oración que nadie vea.
Sacrificios que nadie conozca.
Caridad que nadie publique.
Confesión frecuente.
Dirección espiritual.
Silencio.
Personas capaces de corregirnos.
El mejor antídoto contra el personaje público es conservar una vida escondida con Cristo.
9️⃣ San Juan Bautista dejó una frase que debería estar escrita sobre cada perfil católico:
«Él tiene que crecer y yo tengo que menguar» (Jn 3,30).
Después de escucharnos, ¿la gente piensa más en Cristo o piensa más en nosotros?
🔟 No se trata de desaparecer de las redes ni de ocultar nuestra personalidad.
Se trata de recordar que somos instrumentos.
El instrumento que se enamora de su propio sonido termina olvidando la música que debía interpretar.
1️⃣1️⃣ Quizá todos los que hablamos públicamente de Dios deberíamos preguntarnos:
Si mañana desapareciera mi nombre, mi fotografía y mi protagonismo, pero el Evangelio siguiera llegando igual a las personas…
¿me alegraría de verdad?
1️⃣2️⃣ Uno puede comenzar diciendo:
«Quiero que conozcan a Cristo».
Y acabar, sin decidirlo conscientemente, diciendo:
«Quiero que me conozcan a mí hablando de Cristo».
Que el Señor nos conceda la gracia de señalar siempre hacia Él.
«No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria» (Sal 115,1).
Fuente: https://x.com/SacerdosMariae
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Gracias por dejar tu comentario, me alegra el alma