Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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martes, 9 de junio de 2026

UNA AUTÉNTICA CONVERSIÓN


«¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan abundante mientras yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: 'Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros» (Lc 15,17-19).
Este es un pasaje clásico que describe la conversión de una persona. A veces sucede que, solo a través de la necesidad que Dios permite que nos sobrevenga, nos percatamos de cuán bajo hemos caído. Se dice que la miseria enseña a orar. Así sucedió con el hijo pródigo, que, como sabemos, reclamó a su padre la herencia y luego la despilfarró con ligereza. Las consecuencias eran evidentes, pero primero tuvo que experimentarlas en carne propia para admitirlo.
¡Su arrepentimiento fue sincero! No maquilló sus faltas ni culpó a nadie más de su desgracia. También era consciente de que primero había pecado contra Dios y después contra su padre. Así que estaba dispuesto a aceptarlo todo y sabía que ya no merecía vivir como hijo en la casa paterna. Este arrepentimiento lo derritió por dentro y disolvió toda dureza y confusión de su corazón.
Desde el punto de vista espiritual, es un acontecimiento maravilloso. ¡Cuántas veces los hombres seguimos cegados por la soberbia y ni siquiera nos damos cuenta! Sin embargo, cuando llegamos a un estado como el del hijo pródigo, a nuestro Padre celestial le resulta fácil mostrarnos su bondad, al menos en esa etapa de la vida. Nuestra alma está abierta y cualquier gesto de amor de Dios, por pequeño que sea, cae en un corazón arrepentido y desata un fuego de gratitud. Así podemos comprender por qué Dios, en su sabiduría, permite que una persona experimente con dolor las consecuencias de sus descarríos.
¡Más vale un pecador arrepentido que un fariseo orgulloso! ¡Así es nuestro Padre!

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