Hay dolores que no se pueden explicar con frases fáciles. Jerusalén está destruida, el pueblo llora, los niños desfallecen, todo parece perdido. Y, sin embargo, la Palabra de Dios abre hoy un camino: derramar el corazón ante el Señor y confiar en su palabra.
1️⃣ Las Lamentaciones no esconden el sufrimiento. La fe no consiste en negar el dolor ni en disimularlo con palabras piadosas.
2️⃣ Hay momentos en los que uno contempla ruinas: las de la propia vida, las de una familia, las de la Iglesia, las de tantas personas heridas y sin esperanza.
3️⃣ Ante esas ruinas, el profeta no propone evasión. Dice: «Derrama como agua tu corazón en presencia del Señor».
4️⃣ Orar no es solamente repetir fórmulas. Es abrir de verdad el corazón delante de Dios, con lágrimas, cansancio, miedo, dolor y también esperanza.
5️⃣ El Señor no se escandaliza de nuestras heridas. Él conoce nuestras pobrezas mejor que nosotros mismos y no abandona a quienes acuden a Él.
6️⃣ En el Evangelio, el centurión se acerca a Jesús con una fe humilde: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo».
7️⃣ No exige nada. No presume de sus méritos. No se cree con derechos ante Dios. Confía sencillamente en el poder de la palabra de Cristo.
8️⃣ «Basta que lo digas de palabra». Esa es la fe: saber que una palabra del Señor puede sanar lo que nosotros no podemos curar.
9️⃣ Antes de comulgar repetimos cada día las palabras del centurión. No deberían salir de nuestros labios por rutina, sino como una verdadera súplica del corazón.
🔟 Cristo ha cargado con nuestras dolencias y enfermedades. Acudamos a Él con humildad y confianza. Cuando todo parece ruina, su palabra sigue siendo capaz de levantar, sanar y salvar.
Fuente:https://x.com/SacerdosMariae
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