Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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ACI prensa

La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven. http://la-oracion.com

jueves, 9 de enero de 2020

Oración para el Evangelio de hoy



Señor mío, te alabo y te bendigo por hacerme sentir tu presencia poderosa en mi vida que restaura todo mi ser y se lleva todos mis dolores y angustias.

Te quiero dar gracias en este día por no rechazarme aún con mis errores y faltas. y con todas las decisiones equivocadas que he tomado en mi vida.

Cuando en aquella oportunidad caminaste sobre las aguas y los discípulos te vieron, se llenaron de temor, y fue porque aún no conocían tu inmenso poder, ni estaban convencidos del todo que Tú eras el Rey y Salvador de todos.

Con el caminar sobre las aguas Tú me enseñas que dominas toda tempestad y tribulación. Me das la certeza de una esperanza tranquila y llena de gozo cuando dices "No temas".

Quiero quedar convencido de que quien cree en Ti jamás quedará defraudado y no habrá temor alguno que lo asuste y ponga a prueba su fe.

Quiero dejar que te acerques siempre a mí, vivir en comunión contigo toda mi vida, que mis faltas jamás me separen de tu amor.

Todo miedo que hay dentro de mí se desvanece cuando te acepto y mi boca dice confiado: "Creo en Ti, Señor mío". Quiero dejarme alcanzar por Ti.

Con tu gracia y tu bendición, deseo que pueda desde ahora sentirme siempre seguro de caminar sobre las tempestades de mi vida tomado de tu mano sanadora. Confío en tu poder y en tu amor. 

Amén

sábado, 4 de enero de 2020

Salve, Regina



Salve, Regina, mater misericordiae;
vita dulcendo et spes nostra, salve.
Ad te clamamus, exules, filii Evae.
Ad te suspiramus,
gementes et flentes
in hac lacrimarum valle.
Eia ergo advocata nostra,
illos tuos misericordes oculos
ad nos converte.
Et Iesum,
benedictus fructus ventris tui,
nobis post hoc exsilium ostende.
O clemens, O pía,
o dulcis Virgo María.

viernes, 3 de enero de 2020

Oración para el Evangelio de hoy



Señor, quiero tener presente quien soy y a donde voy. No permitas que me olvide que mi historia de vida está ligada a tu deseo amoroso de salvación.

No quiero que mis malas decisiones me lleven a ser una persona que no quiero ser, haciendo cosas que dañan mi relación Contigo y me hacen infeliz.

Dame el discernimiento para saber cuál es mi vocación y escuchar tu voz en mi corazón, que penetre mis sentidos y me haga comprender tu designio de amor sobre mí.

Gracias por las bendiciones que has puesto en mi camino con las que voy construyendo mi felicidad mostrándome tus maravillosos destellos de poder.

Señor, te confieso que me han asaltado las dudas; pero en el fondo de mi corazón sé que estás conmigo y no permites que nada malo me pase.

Te agradezco el ánimo que me das a diario para no dejarme vencer por las tentaciones y por las fuerzas que pones en mi corazón para salir adelante.

No permitas que mis miedos y flaquezas, mi pereza y falta de fe, me hagan incapaz de ser perseverante en la oración y conseguir ser cada día mejor.

Te entrego todas mis preocupaciones. Sigue bendiciéndome y fortaléceme para continuar luchando todas mis batallas. Gracias Señor. 

Amén.


miércoles, 1 de enero de 2020

“Madre de Dios y Madre nuestra”




¡Qué humildad, la de mi Madre Santa María! –No la veréis entre las palmas de Jerusalén, ni –fuera de las primicias de Caná– a la hora de los grandes milagros. Pero no huye del desprecio del Gólgota: allí está, “juxta crucem Jesé” —junto a la cruz de Jesús, su Madre. (Camino, 507)

Esa ha sido siempre la fe segura. Contra los que la negaron, el Concilio de Efeso proclamó que si alguno no confiesa que el Emmanuel es verdaderamente Dios, y que por eso la Santísima Virgen es Madre de Dios, puesto que engendró según la carne al Verbo de Dios encarnado, sea anatema (...). 
La Trinidad Santísima, al haber elegido a María como Madre de Cristo, Hombre como nosotros, nos ha puesto a cada uno bajo su manto maternal. Es Madre de Dios y Madre nuestra.
La Maternidad divina de María es la raíz de todas las perfecciones y privilegios que la adornan. Por ese título, fue concebida inmaculada y está llena de gracia, es siempre virgen, subió en cuerpo y alma a los cielos, ha sido coronada como Reina de la creación entera, por encima de los ángeles y de los santos. Más que Ella, sólo Dios. La Santísima Virgen, por ser Madre de Dios, posee una dignidad en cierto modo infinita, del bien infinito que es Dios. No hay peligro de exagerar. Nunca profundizaremos bastante en este misterio inefable; nunca podremos agradecer suficientemente a Nuestra Madre esta familiaridad que nos ha dado con la Trinidad Beatísima.
Éramos pecadores y enemigos de Dios. La Redención no sólo nos libra del pecado y nos reconcilia con el Señor: nos convierte en hijos, nos entrega una Madre, la misma que engendró al Verbo, según la Humanidad. ¿Cabe más derroche, más exceso de amor? (Amigos de Dios, nn. 275-276)

María, Madre de Dios, tesoro sagrado del universo entero


Yo veo esta alegre asamblea de santos obispos que, por invitación de la santa Madre de Dios, María siempre virgen, se reunió aquí con entusiasmo (...) Te saludamos María, Madre de Dios, tesoro sagrado de todo el universo, astro sin declive, corona de virginidad, cetro de la fe ortodoxa, templo indestructible, morada de lo inconmensurable, Madre y Virgen, por lo cual se le llama Bendito, en los santos Evangelios, al que viene en el nombre del Señor (...).
Te saludamos a Ti que has llevado en tu seno virginal lo que los Cielos no pueden contener; a Ti, por quien la Trinidad es glorificada y adorada por toda la tierra; por quien el Cielo se regocija; por quien los ángeles y los arcángeles están llenos de alegría (...) ¡De modo que todo el mundo está lleno de alegría!
Homilía del siglo V, tras la proclamación de María como “Theotokos” por el Concilio de Éfeso (431)


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