Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven. http://la-oracion.com

viernes, 3 de diciembre de 2010

La experiencia de la vida


Aprovecha lo que la vida te ofrece para llegar alto, llegar lejos... para llegar a Dios.




Nadie camina la vida sin haber pisado en falso muchas veces.

Nadie alcanza la meta con un solo intento, ni perfecciona la vida con una sola rectificación, ni alcanza altura con un solo vuelo.

Nadie mira la vida sin acobardarse en muchas ocasiones, ni se mete en el barco sin temerle a la tempestad, ni llega al puerto sin remar muchas veces.

Nadie llega a la otra orilla sin haber ido haciendo puentes para pasar.

Nadie puede juzgar sin conocer primero su propia debilidad.

Nadie siente el amor sin probar sus lágrimas, ni recoge rosas sin sentir sus espinas.

Nadie recoge cosechas sin probar muchos sabores, enterrar muchas semillas y abonar mucha tierra.

Nadie reconoce la oportunidad hasta que ésta pasa por su lado y la deja ir.

Nadie consigue su ideal sin haber pensado muchas veces que perseguía un imposible.

Nadie deja el alma lustrosa sin el pulimento diario de Dios.

Nadie hace obras sin martillar sobre su edificio, ni cultiva amistad sin renunciar a sí mismo, ni se hace hombre sin sentir a Dios.

Nadie encuentra el pozo de DIOS hasta caminar por la sed del desierto.

Nadie deja de llegar, cuando se tiene la claridad de un don, el crecimiento de su voluntad, la abundancia de la vida, el poder para realizarse y el impulso de DIOS.

Nadie deja de llegar cuando de verdad se lo propone. Si sacas todo lo que tienes y estas con DIOS...!Vas a llegar!


http://www.encuentra.com/

jueves, 2 de diciembre de 2010

Empezar a prepararnos para Navidad y la vida eterna...


Dejemos de poner nuestro corazón en las cosas pasajeras y pensemos más en los bienes eternos.
Empezar a prepararnos para Navidad y la vida eterna...

Estamos en tiempo de Adviento Es el tiempo santo de preparación que la Iglesia Católica celebra desde el principio de los cuatro domingos anteriores a la Navidad.

Siempre que vamos a tener un gran acontecimiento en nuestras vidas, nos preparamos. Así se preparaban en los tiempos antiguos para la llegada del MESÍAS.

Así nosotros hemos de prepararnos para esta Nochebuena, para esta Navidad en que celebraremos la llegada del Niño-Dios.

Esto es una conmemoración pero también se nos pide una preparación muy especial para la segunda llegada de Jesucristo como Supremo Juez, también llamada Parusía en la que daremos cuenta del provecho que hayamos sacado de su Nacimiento y de su muerte de Cruz.

El día en que hemos de morir es el acontecimiento más grande e importante para el ser humano. No resulta agradable hablar de ello ni pensar en esto. Tal vez por ser lo único cierto que hay en nuestra vida: la muerte. Es más agradable quedarnos en la fiesta, en la alegría de una hermosa Navidad.

Pero no olvidemos que este episodio ya fue. El otro está por venir. Aún no llega, pero... llegará. Velen, pues, y hagan oración continuamente para que puedan comparecer seguros ante el Hijo del Hombre Juan 21, 25-28,34-36. Estas son las palabras de Jesús a sus discípulos, en aquellos tiempos y nos las está repitiendo continuamente en nuestro presente.

Dejemos de poner nuestro corazón en las cosas pasajeras y pensemos más en los bienes eternos. ¿Quién podrá comparecer seguro ante el Hijo del Hombre? Tan solo el pensamiento de este Juicio nos hace estremecer.

Pero recobremos la esperanza sabiendo que seremos juzgados con gran misericordia y amor si en este tiempo de Adviento nos preparamos rebosante de amor mutuo y hacia los demás como dice San Pablo en su carta a los tesalonicenses, porque tuve sed y me disteis de beber, porque tuve hambre y me disteis de comer...

Pensemos en los demás. Olvidemos en este tiempo de Adviento nuestro "pequeño mundo" y volvamos los ojos a los que nos necesitan, a los que nada tienen, a los que podemos hacer felices dándoles nuestra compañía, nuestro amor y apoyo, una palabra de ternura y aliento, una sonrisa... Siempre está en nuestra mano hacer dichoso a un semejante. Solo así podremos estar seguros ante la presencia y el Juicio de Nuestro Señor Jesucristo que lleno de amor y misericordia unirá a nuestras pobres acciones los méritos de su pasión y muerte.

Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net

miércoles, 1 de diciembre de 2010

El hombre está vivo cuando espera


Cada uno de nosotros, en este Tiempo que nos prepara a la Navidad, puede preguntarse: yo, ¿qué espero? ¿A qué, en este momento de mi vida, está dirigido mi corazón?
 
El hombre está vivo cuando espera

¡Queridos hermanos y hermanas!


En el Adviento, la Iglesia inicia un nuevo Año Litúrgico, un nuevo camino de fe que, por una parte, hace memoria del acontecimiento de Jesucristo, y por otra, se abre a su cumplimiento final. Es precisamente desde esta doble perspectiva de donde vive el Tiempo de Adviento, mirando tanto a la primera venida del Hijo de Dios, cuando nació de la Virgen María, como a su vuelta gloriosa, cuando vendrá a “juzgar a vivos y muertos”, como decimos en el Credo.

Sobre este sugestivo tema de la “espera” quisiera ahora detenerme brevemente, porque se trata de un aspecto profundamente humano, en el que la fe se convierte, por así decirlo, en un todo con nuestra carne y nuestro corazón.

La espera, el esperar es una dimensión que atraviesa toda nuestra existencia personal, familiar y social. La espera está presente en mil situaciones, desde las más pequeñas y banales hasta las más importantes, que nos implican totalmente y en lo profundo. Pensemos, entre estas, en la espera de un hijo por parte de dos esposos; a la de un pariente o de un amigo que viene a visitarnos de lejos; pensemos, para un joven, en la espera del éxito en un examen decisivo, o de una entrevista de trabajo; en las relaciones afectivas, en la espera del encuentro con la persona amada, de la respuesta a una carta, o de la acogida de un perdón...

Se podría decir que el hombre está vivo mientras espera, mientras en su corazón está viva la esperanza. Y al hombre se le reconoce por sus esperas: nuestra “estatura” moral y espiritual se puede medir por lo que esperamos, por aquello en lo que esperamos.

Cada uno de nosotros, por tanto, especialmente en este Tiempo que nos prepara a la Navidad, puede preguntarse: yo, ¿qué espero? ¿A qué, en este momento de mi vida, está dirigido mi corazón? Y esta misma pregunta se puede plantear a nivel de familia, de comunidad, de nación. ¿Qué es lo que esperamos, juntos? ¿Qué une nuestras aspiraciones, qué las acomuna?

En el tiempo precedente al nacimiento de Jesús, era fortísima en Israel la espera del Mesías, es decir, de un Consagrado, descendiente del rey David, que habría finalmente liberado al pueblo de toda esclavitud moral y política e instaurado el Reino de Dios. Pero nadie habría nunca imaginado que el Mesías pudiese nacer de una joven humilde como era María, prometida del justo José. Ni siquiera ella lo habría esperado nunca, pero en su corazón la espera del Salvador era tan grande, su fe y su esperanza eran tan ardientes, que Él pudo encontrar en ella una madre digna. Del resto, Dios mismo la había preparado, antes de los siglos.

Hay una misteriosa correspondencia entre la espera de Dios y la de María, la criatura “llena de gracia”, totalmente transparente al designio de amor del Altísimo. Aprendamos de Ella, Mujer del Adviento, a gestionar los gestos cotidianos con un espíritu nuevo, con el sentimiento de una espera profunda, que solo la venida de Dios puede colmar.


Palabras del Papa Benedicto XVI pronunciadas el domingo a mediodía, durante el rezo del Ángelus, el domingo 28 de noviembre de 2010 en la Plaza de San Pedro.

martes, 30 de noviembre de 2010

Adviento: puerta de la esperanza




Un hombre había perdido la “memoria del corazón”. Aquél hombre “había perdido toda la cadena de sentimientos y pensamientos que había atesorado en el encuentro con el dolor humano”. ¿Por qué sucedió esto y qué consecuencias tuvo? “Tal desaparición de la memoria del amor le había sido ofrecida como una liberación de la carga del pasado. Pero pronto se hizo patente que, con ello, el hombre había cambiado: el encuentro con el dolor ya no despertaba en él más recuerdos de bondad. Con la pérdida de la memoria había desaparecido también la fuente de la bondad en su interior. Se había vuelto frío y emanaba frialdad a su alrededor”.

Es ésta una historia de Navidad de Charles Dickens, resumida por Joseph Ratzinger en una de sus meditaciones de los años 80 (publicadas en castellano con el título “El resplandor de Dios en nuestro tiempo”, Herder 2008).

Resulta interesante que lo que aquí se llama “memoria del corazón” o “memoria del amor” surja de los encuentros con el dolor. Esto ilumina una profunda verdad: normalmente percibimos que cualquier persona es digna de ser ayudada en su necesidad, porque pertenecemos todos a una sola familia humana. Los cristianos sabemos que somos imagen de Dios y estamos llamados a ser hijos de Dios. La conciencia de esa necesidad suscita en nosotros el deseo de hacer el bien. Y todo eso queda en la memoria como un tesoro, que nos permite seguir creyendo en el bien y la capacidad de hacer el bien, y seguir haciéndolo, amando. Sabemos, por experiencia, que necesitamos de los demás y que ayudándoles nos hacemos nosotros mismos mejores y contribuimos al progreso del mundo. Por eso quien no ha tenido la experiencia de la bondad, o ha perdido la memoria de la bondad, es difícil que tenga esperanza.

A los replicantes de la película Blade Runner (Ridley Scott, 1982) –robots de aspecto humano– les habían implantado recuerdos y sentimientos artificiales; pero ellos habían llegado a sospecharlo, y, como sabían su fecha de caducidad, se rebelaron contra su “creador” y contra la autoridad establecida, porque querían seguir viviendo.

Como cristianos, es el Espíritu Santo el que nos une y nos vivifica en la familia de Dios. Nos hace progresar por medio de la fe, de la esperanza y del amor. Uno de los modos principales en que lo hace es a través de la liturgia de la Iglesia, como sucede en el Adviento.

“El Adviento –decía Joseph Ratzinger en su meditación– quiere despertar en nosotros el recuerdo propio y el más hondo del corazón: el recuerdo del Dios que se hizo niño. Ese recuerdo sana, ese recuerdo es esperanza”. El Adviento, puerta del año litúrgico, nos introduce en esa “historia de los recuerdos” más valiosos (la historia de nuestra salvación). Nos ayuda a “despertar la memoria del corazón y, de ese modo, aprender a ver la estrella de la esperanza”.

En el Adviento podemos hacer que esos grandes recuerdos de la humanidad, que guarda la tradición cristiana, se vayan integrando en nuestros recuerdos personales y los vayan alimentando. Y observaba el cardenal Ratzinger: “Seguramente cada uno de nosotros puede contar en ese sentido su propia historia de lo que significan para su vida los recuerdos festivos de Navidad, de Pascua o de otras celebraciones”.

Hoy parece amenazada, en muchos cristianos, esta “memoria del corazón” que es el año litúrgico, por falta de experiencia y de conocimiento. Por eso es importante reestrenar el Adviento. De la mano del Espíritu Santo y de María, especialmente en estas semanas previas a la Navidad hay que desempolvar los recuerdos del bien y enriquecerlos viviendo con intensidad la liturgia y sirviendo a los demás, para mantener abierta la puerta de la esperanza.

Ramiro Pellitero, profesor de Teología Pastoral, Universidad de Navarra
(publicado en www.cope.es, 29-XI-2010)


lunes, 29 de noviembre de 2010

ADVIENTO, Y NAVIDAD ( PARTE 2 )

poinsetia.gif (1839 bytes)  LOS GRANDES TESTIGOS DEL ADVIENTO
Son tres: El profeta Isaías, Juan el Bautista y la Virgen María.
Isaías anuncia cómo será el Mesías que vendrá. Sacude la conciencia del pueblo para crear en él actitud de espera. Exige pureza de corazón.
Juan el Bautista señala quién es el Mesías, que ya ha venido. Él mismo es modelo de austeridad y de ardiente espera.
María es la figura clave del adviento. En ella culmina la espera de Israel. Es la más fiel acogedora de la palabra hecha carne. La recibe en su seno y en su corazón. Ella le prestó su vida y su sangre. María es Jesús comenzado. Ella hizo posible la primera navidad y es modelo y cauce para todas las venidas de Dios a los hombres. María, por su fidelidad, es tipo y madre de la Iglesia.
 poinsetia.gif (1839 bytes)LAS ACTITUDES FUNDAMENTALES DEL ADVIENTO
1. Actitud de espera. El mundo necesita de Dios. La humanidad está desencantada y desamparada. Las aspiraciones modernas de paz y de dicha, de unidad, de comunidad, son terreno preparado para la buena nueva. El adviento nos ayuda a comprender mejor el corazón del hombre y su tendencia insaciable de felicidad.
2. El retorno a Dios. La experiencia de frustración, de contingencia, de ambigüedad, de cautividad, de pérdida de la libertad exterior e interior de los hombres de hoy, puede suscitar la sed de Dios, y la necesidad de «subir a Jerusalén» como lugar de la morada de Dios, según los salmos de este tiempo. La infidelidad a Dios destruye al pueblo. Su fidelidad hace su verdadera historia e identidad. El adviento nos ayuda a conocer mejor a Dios y su amor al mundo. Nos da conocimiento interno de Cristo, que siendo rico por nosotros se hace pobre.
3. La conversión. Con Cristo, el reino está cerca dentro de nosotros. La voz del Bautista es el clamor del adviento: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios ... » (Is 40,3-5). El adviento nos enseña a hacernos presentes en la historia de la salvación de los ambientes, a entender el amor como salida de nosotros mismos y la solidaridad plena con los que sufren.
4. Jesús es el Mesías. Será el liberador del hombre entero. Luchará contra todo el mal y lo vencerá no por la violencia, sino por el camino de una victimación de amor. La salvación pasa por el encuentro personal con Cristo.
5. Gozo y alegría. El reino de Cristo no es sólo algo social y externo, sino interior y profundo. La venida del Mesías constituye el anuncio del gran gozo para el pueblo, de una alegría que conmueve hasta los mismos cielos cuando el pecador se arrepiente. El adviento nos enseña a conocer que Cristo, y su pascua, es la fiesta segura y definitiva de la nueva humanidad.


domingo, 28 de noviembre de 2010

ADVIENTO Y NAVIDAD (Parte I)

Sagrada Familia












 1) EL ADVIENTO
SIGNIFICADO Y CONTENIDO
Adviento significa venida. Este tiempo nos prepara para la venida del Señor. La venida de Cristo al mundo se realiza en un triple plan:

PASADO: venida histórica a Palestina,
PRESENTE: venida sacramental, hoy,
FUTURO: venida gloriosa al fin del mundo.

Cristo está viniendo hoy y aquí, a nosotros, dentro de nosotros. Nos está haciendo concorpóreos suyos, solidarios de su persona y de su misterio redentor. Mediante el don de su palabra y de la eucaristía, Cristo se graba en nosotros. Nos hace su cuerpo. Su venida gloriosa al final de los tiempos no será otra cosa que la revelación de las venidas que ahora realiza en nosotros. Hay continuidad real entre su venida actual y su venida gloriosa. Exactamente igual como la semilla se prolonga en el fruto. Esta es la verdad de fe más grandiosa. Quien quiera encontrarse con el Cristo viviente, debe penetrar en el misterio de su presencia, a través de la liturgia. Es necesario que el cristiano tenga mirada interior. El adviento es radicalmente cercanía y presencia del Señor.

jueves, 25 de noviembre de 2010

7 "mandamientos" para destruir un matrimonio y 7 mandamientos para salvarlo


Prefiero leerlos en positivo: "7 mandamientos para un matrimonio feliz"
 
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7 "mandamientos" para destruir un matrimonio y 7 mandamientos para salvarlo
1- No le digas que le quieres, ya lo sabe
2- Guarda rencor hacia sus errores y no se te ocurra perdonarle
3- No le quieras como es, sino como te gustaría que fuera: fíjate sólo en sus defectos y no en sus virtudes
4- Acostúmbrate a su compañía, que te parezca algo normal, algo que te mereces
5- Juega con su amor; hay cosas más importantes: haz frecuentes salidas sin él/ella e intima con otras personas
6- Automatiza la relación de amor, no pongas esmero en los detalles
7- ¿Más hijos? ¿Estás loco? Sólo dan problemas



Prefiero leerlos en positivo: "7 mandamientos para un matrimonio feliz"


1- Dile que le quieres todos los días: le gusta oírlo, aunque ya lo sepa
2- Acostúmbrate a perdonar y olvidar sus errores
3- Quiérele como es: fíjate en las virtudes y no en los defectos. Piensa que tú también tienes defectos
4- Asómbrate cada día de la posibilidad de tenerle cerca: no te acostumbres a su compañía
5- Protege lo más importante que tienes: su amor. No lo arriesgues y cuídalo con todas tus fuerzas
6- Disfruta con cada detalle que tenga contigo y esfuérzate por tener nuevos detalles de amor cada día
7- Cuida de los hijos y permanece abierto a la vida: el trabajo y la diversión no son lo 1º
 
Autor: Antonio González 

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Y si pienso como Cristo...

El Calvario es quizá el lugar más propicio para entender la mente de Cristo, para aprender a ver el mundo de otra manera.
 
Y si pienso como Cristo...
San Pablo fue atrevido cuando dijo “nosotros tenemos la mente de Cristo” (1Co 2,16). Porque, ¿no está Dios por encima del hombre? ¿No deberíamos reconocer que su inteligencia es inescrutable? (cf. Is 40,28).

Ante el misterio de Dios, el hombre religioso puede tomar una actitud de sumisión completa. Dios, el Señor, decide libremente. Nosotros, en cambio, no sabemos ni por qué ni hacia dónde lleva la marcha del mundo. Pero tomar una actitud así, ¿es correcto? ¿No existe la posibilidad de penetrar, de algún modo, en los pensamientos de Dios, de “poseer” la mente de Cristo?

La llegada de Cristo al mundo permite que el Logos, la Palabra, se haga presente. Desde entonces, hay una luz que alumbra a los hombres: es posible dejar las tinieblas y empezar a ver horizontes nuevos y comprensibles (cf. Jn 1,1-18). De este modo, Dios dialoga, habla, come y sufre con nosotros.

Con la llegada del Espíritu Santo, los creyentes reciben la fuerza de lo alto, la posibilidad de recordar todo lo que Cristo les había enseñado (cf. Jn 14,26).

Lo anterior no impide que, entre los cristianos, se dé el riesgo de la ofuscación, de la duda, del apartamiento. Es entonces cuando algunos corazones pueden dejar de lado el don divino para buscar y preferir, como ya ocurriera tantas veces a lo largo de la historia de Israel, cisternas agrietadas (cf. Jer 2,13).

El camino de la historia moderna refleja ese mismo drama en muchos corazones. Tras conocer a Cristo (si es que llegaron a conocerlo de verdad), lo dejaron a un lado. Exaltaron a la razón con la esperanza de alcanzar, con ella, verdades que sirvieran como respuesta a los mil misterios del existir terreno. Llegaron incluso a “entronizarla” simbólicamente en la catedral de París durante la Revolución francesa.

Pero el sueño de un mundo iluminado por la ciencia y el saber simplemente humano se estrelló una y otra vez ante una realidad compleja, ante pasiones que desencadenaban violencias y guerras, algunas de ellas iniciadas precisamente en nombre del “progreso”, de la “libertad” o de la “justicia”.

La marcha de la saber científico permitió alcanzar, ciertamente, conquistas importantes. Millones de seres humanos fueron curados de enfermedades que antes acababan con pueblos enteros. La agricultura mejoró su productividad. La industria hizo posible el bienestar en millones de hogares. La técnica difundió espacios para la cultura y la comunicación. Pero los interrogantes profundos quedaron en pie. ¿De qué sirve tener aparatos electrónicos muy modernos en el propio hogar cuando llega la noticia de que un hijo acaba de morir atropellado en la calle, o cuando una tristeza profunda lleva a un joven o a un adulto al suicidio?

En momentos parecidos, pero también ante un atardecer sereno que devuelve la paz al alma, podemos mirar nuevamente hacia la Cruz. En ella encontramos la imagen de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios e Hijo de María, Rey del Universo y Amigo que lava los pies de sus discípulos. Con su gesto humilde y dócil, como oveja al matadero, consuela y, más a fondo, salva del pecado y de la muerte, a todos los que acuden a Él con fe sencilla y sincera.

Sin imposiciones, sin milagros, el Calvario es quizá el lugar más propicio para entender esa mente de Cristo, para aprender a ver el mundo de otra manera, para sentir que el perdón llega a quienes, con lágrimas humildes y confiadas, reconocen el propio pecado y confiesan, como el centurión: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39). 
 
Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

lunes, 22 de noviembre de 2010

Una luz que alumbra nuestros pasos


Despierta tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te iluminará Cristo. Y entonces, todo empieza a ocupar su lugar y a tener sentido.
 
Una luz que alumbra nuestros pasos



¿Cómo orientar bien la propia vida? ¿Cómo encontrar la luz necesaria para el camino? ¿Cómo distinguir, en el tumulto de mil voces discordantes, esa meta que da sentido a la propia vida?

En muchas ocasiones el corazón se plantea preguntas esenciales. La vida, con su marcha incontenible, puede encerrarnos en cosas pequeñas, inmediatas, pasajeras. El café necesita azúcar. Hay que conseguir gas para la cocina. Mañana vendrá el técnico para arreglar (esperamos) un cortocircuito.

Más allá de esas contingencias, sentimos el anhelo de algo mucho más grande, más noble, más bello; algo que sea definitivo, que dé sentido pleno a los actos buenos y que denuncie la maldad y la injusticia.

¿Quién nos guiará? ¿Hay respuestas claras y completas? ¿O sólo podemos contentarnos con luces frágiles que sirven para dar el próximo paso pero no permiten ver más allá de un horizonte provisional y siempre mudable?

A lo largo de los siglos, poetas y filósofos, artistas y soñadores, profetas y líderes del espíritu, han ofrecido respuestas más profundas. No todas pueden ser verdaderas, porque no caben en armonía afirmaciones tan opuestas como las de Marx o las de Buda, las de Nietzsche o las de Mahoma, las de Bentham o las de Séneca.

Si tuviésemos acceso a un auténtico maestro, si encontrásemos un hombre bueno que enseñase verdades eternas, si el cielo rompiese sus silencios para dejar entrever los deseos del Dios que hizo el sol y las estrellas...

Como el profeta, gritamos al Dios que parece guardar silencio: “¡Ah, si rompieses los cielos y descendieses...!” (Is 63,19).

Pero luego, con algo de vergüenza, confesamos la injusticia de ese grito. Porque podemos reconocer que Dios ya habló, que se hizo cercano, que caminó entre nuestros polvos y nuestras amapolas, que bebió en nuestros pozos, que hizo fiesta en los banquetes de bodas.

Sí: ya vino el Mesías, ya nos habló el Hijo muy amado del Padre, ya apareció esa luz que necesitábamos para nuestros pasos. “La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1,9).

Todo, entonces, empieza a ocupar su lugar y a tener sentido. Basta (es fácil, si vemos lo mucho que nos ama) con que nuestros actos tengan a Cristo como testigo y compañero (cf. san Máximo de Turín, Sermón 73). Basta con dejar las obras de la carne para acoger ese susurro que nos suplica: “Despierta tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te iluminará Cristo” (Ef 5,14). 
 
Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net
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