Nos gusta vivir en la cima de la montaña y que aplaudan nuestros triunfos, pero cuando la vida nos exige hablar de posibles caídas, preferimos mirar hacia otro lado.
Piensa en alguien que recibe sus análisis médicos alterados. En lugar de pedirle al doctor el diagnóstico, decide guardar el papel en el fondo de un cajón, convencido de que si no se habla del problema, este desaparecerá por arte de magia.
Vivimos esquivando las conversaciones que nos incomodan. Cuando todo marcha bien en el trabajo o la relación parece perfecta, cerramos los oídos ante cualquier señal de alerta.
Ese miedo a preguntar es lo que nos estanca. Creemos que la ignorancia voluntaria nos protege, cuando en realidad nos quita la capacidad de prepararnos para los golpes inevitables.
Madurar implica entender que la vida no es una racha infinita de aplausos. Aceptar que habrá momentos duros te quita la venda de los ojos y te da el control para afrontar lo que venga sin que te destruya.
Esta es la ceguera que encontramos en Lucas 9, 43-45. La multitud estaba deslumbrada por los milagros de Jesús, pero cuando Él les advierte sobre su inminente sufrimiento, los discípulos, embriagados de éxito, no entendieron y el miedo los enmudeció.
Deja de esconder tus conflictos debajo de la alfombra por temor a la respuesta. Atrévete a hacer esa pregunta difícil hoy y afronta tu realidad de frente.
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