Hoy la Iglesia conmemora el Martirio de San Juan Bautista.
Un hombre que no buscó ser aplaudido, sino fiel a Dios.
Un hombre que perdió la cabeza, pero no la dignidad.
1 San Juan Bautista es el único santo (aparte de Jesús) del que celebramos tanto el nacimiento como el martirio. Eso ya lo dice todo. Su vida fue una entrega total, desde el seno materno hasta la cárcel.
2 Juan no era blando. “¡Raza de víboras!”, decía a los fariseos. No se dejó domesticar. Su palabra era fuego. No buscaba seguidores, sino preparar los caminos del Señor.
3 Denunció el adulterio de Herodes: “No te es lícito tener a la mujer de tu hermano”. No se calló aunque sabía que eso le podía costar la vida. Porque el profeta no vive para agradar, sino para anunciar.
4 Herodes lo escuchaba “con gusto”… pero no se convirtió. Cuántos hoy admiran a la Iglesia, pero no se dejan tocar por ella. El aprecio sin conversión es como un regalo sin abrir.
5 La danza de una joven, el odio de una madre y el miedo de un rey cobarde. Así murió Juan. No fue víctima del poder, sino del capricho. No lo mató el trono, lo mató el vicio.
6 Herodes juró darle lo que quisiera, “aunque fuera la mitad del reino”. Y entregó al mejor hombre de su reino. Quiso parecer generoso, pero fue esclavo de su palabra mal dada.
7 El Evangelio no oculta la brutalidad: “trajo la cabeza en una bandeja”. Hoy también se entregan cabezas por conveniencia, por quedar bien, por no molestar. Pero quien pacta con el mal, siempre pierde.
8 Juan murió sin ver al Resucitado, pero sabiendo que el Mesías ya estaba en medio del mundo. Su muerte fue semilla. “Conviene que él crezca y que yo disminuya”, dijo. Y así fue.
9 ¿Y nosotros? ¿Callamos la verdad por miedo a perder seguidores, puestos, amistades? ¿Silenciamos al profeta que nos incomoda? ¿Somos Herodes, Herodías o Juan?
10 Pidamos hoy al Señor el coraje de Juan. Que vivamos de cara a Dios, no al aplauso. Que prefiramos perder la cabeza, antes que perder la fidelidad.
“Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mt 5,10)
Fuente:Sacerdos in æternum
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