Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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ACI prensa

La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven. http://la-oracion.com

domingo, 26 de enero de 2014

¿Creer en algo que no estoy seguro de que exista?

—Hay personas que se declaran agnósticas porque dicen que nadie ha conseguido demostrarles de forma convincente que Dios existe. Y que no pueden rezar a un ser del que no saben con seguridad si verdaderamente existe, porque sería como arrojar al mar mensajes en una botella, con la duda de si alguna vez alguien los recogerá. 
 
        Sin embargo –perdóname por la broma–, tengo entendido que los náufragos en islas desiertas arrojaban botellas al mar, o al menos eso se cuenta. Y supongo que lo harían porque confiar en algo que no es una certeza aplastante e incontrovertible no tiene por qué ser una actitud absurda. Lo que quizá sí sería absurdo es quedarse sin hacer nada porque no se sabe con total seguridad si alguien llegará a encontrarse algún día con la botella. 

        —Sí, pero dicen que ellos optan por no arriesgar nada, y por eso prefieren no creer en nada, puesto que no hay nada claramente probado. 

        Con ese planteamiento, si me apuras, habría que dejar de creer incluso en que uno es hijo de sus padres –pido perdón de nuevo por el ejemplo–, como única solución segura para evitar el riesgo de amar a unos padres falsos. La mayoría de nuestros conocimientos provienen del testimonio de otras personas, y en la mayoría de los casos no podemos comprobarlos incontrovertiblemente. 

        Y eso incluye datos tan sencillos como quiénes son nuestros padres, nuestro lugar y fecha de nacimiento, la mayor parte de la geografía y de la historia, y un larguísimo etcétera. Sin embargo, solemos creer que el medicamento que tomamos corresponde a lo que indica el rótulo de la caja, o que el indicador de salida de la autopista nos mandará al lugar que señala, o que realmente existe aquel lejano país que viene en los mapas y del que tanto habla la prensa pero que jamás hemos visitado. Porque eso es lo razonable. 

        Nos pasamos la vida –todos, también quienes dicen que no creen en nada– teniendo fe en muchas cosas, corriendo riesgos, fiándonos de lo que no está claramente probado. La fe significa crédito o confianza. Si queremos demostrar todo, nos veremos abocados a un proceso infinito en el que la desconfianza absoluta recortaría drásticamente a una persona, y su vida quedaría reducida al pequeñísimo ámbito de lo que es comprobable por uno mismo.

        Por eso, el hecho de que la fe en Dios exija una actitud de aceptación es algo también muy razonable. Lo que no sería razonable es el escepticismo absoluto, o pedir un desproporcionado grado de seguridad. Y menos razonable aún si solo se pide en cuestiones de religión o de moral. 

        La misma amistad, sin ir más lejos, requiere del ejercicio de la fe y la confianza, puesto que, sin ellas, ningún amigo merecería tal nombre. Así lo entendía un pensador de la antigüedad, que se preguntaba: ¿Cómo puedo afirmar que no se debe creer en nada sin conocerlo directamente, si, en caso de no creer algo que no puede ser demostrado con seguridad por la razón, no existiría la amistad, ni el amor? 


Alfonso Aguiló
www.interrogantes.net

¿Puede un cristiano creer en el mal de ojo?


Con la llegada del cristianismo esta -y otras creencias- se diluyeron pero han quedado restos, pero calificados como supersticiones, pues siempre lo fueron

El llamado mal de ojo es la persuasión de que una persona puede causar daño a otra con solo mirarla. Era algo muy extendido en el mundo pagano, de forma que se pueden encontrar ejemplos en todos los continentes. Quizás porque, en una cultura en la que se ve al hombre sometido a espíritus caprichosos y en ocasiones malignos, el simple hecho de que sobreviniera un infortunio poco después de que alguien nos mirara fijamente ya daba pie para pensar que el mal de ojo era una realidad.
Con la llegada del cristianismo todas estas creencias se diluyeron (ya antes el judaísmo las rechazaba, pero era una religión circunscrita al pueblo de Israel). Han quedado restos, pero calificados como supersticiones, pues siempre lo fueron.

En ocasiones se utiliza la expresión para expresar un conjuro, lo cual ya es algo distinto, pues se refiere a palabras: una maldición, un maleficio, es decir aquello que se hace para dañar a alguien con la intervención del demonio. Algunos inadecuadamente lo llaman mal de ojo, aunque nada tiene que ver con la mirada ni el ojo.

Es también supersticioso pensar que unas palabras pueden ser una especie de clave que desata fuerzas ocultas maléficas. Pero en ocasiones puede haber por medio algún tipo de intervención diabólica, lo que es algo distinto. Como toda intervención del diablo, alcanza solo hasta donde Dios permite que llegue, pero puede tener algún efecto. En el fondo, como sucedió con la vida terrena del mismo Jesucristo, Dios utiliza para el cumplimiento de sus planes incluso la maldad del demonio, por lo que no puede sorprender que siga ocurriendo alguna vez.

¿Qué hacer si uno tiene alguna sospecha de que alguien ha hecho un maleficio contra él? Primero habría que decir que -de existir intervención diabólica- casi nunca se puede llegar a la certeza de que tal intervención se está operando, incluso el especialista tendrá dificultad para tener tal certeza, mucho menos para una persona particular sin grandes conocimientos sobre el tema. Pero si un maleficio ha sido practicado el único modo de destruirlo es hacer justo lo contrario: invocar a Dios.

Es decir, si una persona ha invocado al demonio para hacer el mal, se trata de que la víctima invoque a Dios para que le proteja, le ayude y le bendiga. El bien siempre es más fuerte que el mal.

El P. José Fortea nos indica que a la gente que va a su parroquia diciendo que sufren un maleficio les digo que la única medicina y remedio es que hagan cada día lo siguiente:

-rezar un misterio del rosario
-leer cinco minutos el Evangelio
-hablar con Dios durante unos instantes
-la misa (dominical o con más frecuencia)
-colocar en la casa un cruficijo bendecido
-colocar una imagen bendecida de la Virgen María
-santiguarse con agua bendita una vez al día

Haciendo estas cosas el mal que sufren si es del demonio irá remitiendo. Pero si no remite en ninguna medida, eso sería signo de que no estaba provocado por un maleficio.

¿Y si no había maldición alguna?, pues a nadie le hace mal realizar lo arriba planteado.


Autor: P. Julio de la Vega-Hazas // P. José Antonio Fortea | Fuente: Aleteia.org // Mercaba.org

sábado, 25 de enero de 2014

Dulcísima Virgen María


 
Eres la Madre común para todos los humanos
y particularmente la mía...
Madre mía, que deseas aceptar todas mis peticiones.
Por el honor y la gloria de tu Hijo,
acéptame como hijo tuyo,
sin mirar mis miserias y mis pecados...
Libera mi alma y mi cuerpo de todo mal
y dame sobre todo la humildad.
Otórgame todos los dones, bienes y
gracias que agraden a la Santa Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Amén!
 
 San Francisco de Sales
(† 28 de diciembre de 1622) 
 
Un Minuto con María 
mariedenazareth.org

martes, 21 de enero de 2014

El amor

 
Es una palabra que lo dice todo y no dice nada.
Es la comunión de dos almas que sólo buscan ser una misma.
Es la mano que se extiende para dar y para darse.
Son los nombres de los que amamos.

Son los ojos que nos miran de una manera diferente.
Es el rostro que miramos tratando de entregarle el alma.
Es la fecha que no olvidamos.
El día que pensamos que realmente comenzamos a vivir.
El momento en que el dolor nos arropó
y un abrazo nos hizo regresar a la vida.
Son las canciones que nos hablan de nuestras historias.

Son las lágrimas de una madre que se acaba
de enterar que carga en su vientre a un hijo.
Son las palpitaciones en el corazón del padre
que espera con alegría su llegada.
Es la sonrisa de un niño luego de haber pintado su tarea.
Es la carta que se escribe con ilusión y añoranza.
Es despertarse cada mañana y tener a alguien en quien pensar.
Son los amigos que siempre nos aman
y no desaparecen con el tiempo.

Es perdón... es respeto... es cuando todo
tiene sentido si se trata de nosotros.
Son los momentos de silencio. Es la risa y el llanto.
Es cuando puedo recostar mi cabeza
en el hombro de alguien y cuando presto
mi hombro para que ese alguien haga lo mismo.
Es cuando miramos ese ser querido
y sin querer, pensamos en todas las razones
por las cuales le queremos tanto...

Es el perfume que nos recuerda ese alguien especial.
Es la respuesta a cualquier pregunta.
Es lo que somos y la razón por la que existimos.

Es un madero en forma de cruz y su historia.
Son los amigos que se aman como hermanos.
Es un suspiro... una emocionada caricia... un beso.
Es una palabra en el momento correcto e indicado
buscando afanosamente expresarlo todo.

Es la razón de vivir de cada hombre y mujer sobre la tierra.
Es lo que muchos buscamos sobre la tierra.
Lo que otros condenan y rechazan.
Es todo lo que queremos, y cuando está
en nuestras manos, es como nada.
Es el sinónimo de vida en cuatro letras....
AMOR.


domingo, 19 de enero de 2014

Tú que eres Cordero



 

Que hablas con bondad pero con contundencia.
¡Muéstranos el camino hacia el Padre!

Tú que eres Cordero de Dios
y buscas verdes valles y fértiles.
¡Llévanos al alimento de la vida eterna!

Tú que eres Cordero de mira con ojos humildes.
¡Haznos entender que la humildad
es camino para mirar a Dios!

Tú que eres Cordero que sigue al Padre.
¡Haznos caminar detrás de ti, Buen Pastor!

Tú que eres Cordero que, al abrazarlo, quita todo pecado.
¡Apártanos de todo aquello
que estorba nuestra dignidad!

Tú que eres Cordero de Dios que se sacrifica para siempre.
¡Haznos ser agradecidos por tanto que Tú nos das!

¡Tú que eres Cordero de Dios que disfruta caminando en un solo rebaño!
¡Invítanos a orar para que la Iglesia sea una!

¡Tú que eres Cordero que, al comerlo, alimenta y contenta!
¡Que comprendamos el misterio de cada Eucaristía!

¡Tú que eres Cordero humilde, pacífico y profético!
¡Que no olvidemos que la paz y nuestra voz
han de ser vida y altavoz de nuestra vida cristiana!
Amén.

P. Javier Leoz
 
 


sábado, 18 de enero de 2014

¿Por qué en el Ave María decimos, Dios te salve María, si se supone que ella ya está en el cielo?


La primera parte de la oración católica del Ave María es eminentemente bíblica: “Dios te salve María llena eres de gracia el Señor es contigo; (Lc 1,28) bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”. (Lc 1, 42) La primera parte la ha pronunciado el Arcángel Gabriel cuando visita a la Virgen María para darle a conocer el plan de Dios sobre su persona. Y la segunda la pronuncia Isabel, la prima de la Virgen cuando se llena del Espíritu Santo al escuchar el saludo de María al llegar a su casa.

Pero ¿por qué decimos Dios te salve María si, se supone que ella ya está en el Cielo? Esa es la pregunta que me han hecho ya sea porque se pusieron a analizar la oración o porque encontraron un protestante que les cuestionó sobre dicha mención.

Para poder dar una respuesta concisa, lo mejor es ir directamente al idioma en que se escribió la Biblia y ver esta parte de la oración pronunciada por el Arcángel Gabriel que dice: χαῖρε κεχαριτωµένη (Lc. 1, 28) La traducción literal en español de esta parte del versículo es: Alégrate, llena de gracia.

¿Y entonces por qué se dice Dios te salve María? Muy sencillo, hay que entender que la Biblia se tradujo por primera vez al latín, y después al español. Los saludos a personas importantes en esos tiempos que se hizo la traducción era de salve, por ejemplo: salve oh emperador, salve al rey.

Este saludo se debe a san Jerónimo quien hizo la traducción del griego al latín y aplico el saludo “Ave”, que es imperativo de “Aveo”(es decir, recibir el saludo, alegrarse, gozar de buena salud).  Este también se empleaba para saludar al César u otras autoridades. Por ejemplo: Ave emperador. Que era el saludo que hacían los peleadores en el circo romano. Algún biblista ha calificado de “vulgar” esta traducción; pero sin duda que el Santo Filólogo tendría sus razones para poner Salve, en vez de alégrate, como es su original.

Exégetas cualificados explican que el saludo del arcángel Gabriel encierra un significado extraordinario: En este sentido es todavía más que el simple “Jaire” griego, es decir alegrete, pues en la Anunciación, se cumplen sobre la Virgen María los textos bíblicos de Is 12,6: Den gritos de alegría, habitantes de Sión, porque el Dios Santo de Israel está en medio de ustedes con toda su grandeza. Sof. 3,14: ¡Canta, ciudad de Sión! ¡Da voces de alegría, pueblo de Israel! ¡Alégrate, Jerusalén, alégrate de todo corazón! Za 2,14: « ¡Canten de alegría, habitantes de Jerusalén, porque yo vengo a vivir entre ustedes!» Za.9, 9: ¡Alégrate mucho, ciudad de Sión! ¡Canta de alegría, ciudad de Jerusalén! Tu rey viene a ti, justo y victorioso, pero humilde…

Para aclarar y puntualizar decimos que Dios te salve, parte de la traducción del griego al latín que hizo san Jerónimo donde puso: AVE. De ahí los traductores lo pasaron al español como salve, no en el sentido del verbo salvar, sino en la interjección poética para saludar. A mi parecer, y creo que sería bueno proponerlo a la congregación de la doctrina de la fe y al Sumo Pontífice, es que se haga el cambio como es literalmente. La Biblia de Jerusalén lo dice así: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» De esta manera se haría más acertada la oración y pronunciaríamos realmente lo que Dios quiso decir por medio del Arcángel.

Hasta la próxima.

miércoles, 15 de enero de 2014

Conocernos mejor


“Los hombres están siempre dispuestos a curiosear y averiguar vidas ajenas, pero les da pereza conocerse a sí mismos y corregir su propia vida” (San Agustín, Confesiones)

Hace más o menos un año, en una entrevista publicada en El País, la actriz Blanca Portillo señalaba muy sabiamente: “Nos estamos

olvidando de mirarnos a nosotros mismos, siempre responsabilizamos a los demás de nuestros problemas, nos consentimos a nosotros mismos demasiado y nos perdonamos todo; mirando los defectos de los demás acabas sin ver los tuyos y uno mismo nunca es responsable de nada; la verdad es que si fuéramos honestos con las consecuencias de nuestros actos crearíamos un mundo más humano y más generoso“. Dicho de otro modo: nos resulta demasiado fácil ver los defectos de los demás y los juzgamos tan a la ligera que nos parecen hasta “normales” las criticas, burlas, e incluso, los comentarios destructivos, sin darnos cuenta que entramos en un juego peligroso que puede destruir la fama, no solo de todo aquel que sea diana de nuestros comentarios, sino de nosotros mismos. Como dice el Catecismo de la Iglesia: “Muchos pecados causan daño al prójimo. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). Y añade: “La simple justicia exige esto. Pero además el pecado hiere y debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el prójimo”. (Cat.1459)

Esta actitud nos envenena por dentro generando en nuestro interior un sabor amargo lleno de insatisfacciones que se reflejan negativamente en nuestra vida cotidiana y que no pasa desapercibida a los que tenemos más cerca: nuestra familia, amigos y compañeros. Y nos plantea una realidad aún más negativa: la corrupción de nuestros corazones, raíz de todos nuestros males: la mentira, el rencor, el odio, las envidias, la injusticia,… “Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre“.(Marcos 7,21-23)

Ilustrémonos con esta historia: Cuentan que una pareja de recién casados se mudó de casa. La primera mañana, mientras tomaban café, la mujer reparó a través de la ventana, que una vecina colgaba sábanas en el tendedero. -¡Qué sábanas tan sucias cuelga la vecina en el tendedero…! - Le comentó a su marido. Quizás necesita un jabón nuevo… ¡Ojala pudiera ayudarla a lavar las sábanas! El marido la miró sin decir palabra alguna. Cada dos o tres días, la mujer repetía su discurso, viendo a través de la ventana, como la vecina tendía su colada. Al mes, la mujer se sorprendió al ver a la vecina tendiendo las sábanas blancas, como nuevas, y dijo al marido: ¡Mira, por fin ha aprendido a lavar la ropa!¿Le enseñaría otra vecina? El marido le respondió: -¡No, hoy me levanté más temprano y lavé los vidrios de nuestra ventana!

Imagino la cara de estupor de la mujer de esta pequeña historia a la que le vendría muy bien leer, a modo de moraleja, las palabras del Señor que dicen: “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido. ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo? ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano. No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen.” (Mt 7, 1-6)

Y dado que estamos en Cuaresma, tiempo de mortificación, reparación y cambio profundo en nuestra vida, podríamos aprovechar algún momento de las bien merecidas vacaciones para reflexionar con este examen de conciencia, dirigido “para aquellos de vosotros que, gracias a Dios, no soléis incurrir en actos gravemente pecaminosos, y que, por otra parte, experimentáis cierta dificultad a la hora de encontrar materia de la que acusaros en la Confesión”. Dice así:

“Quizá pueda serviros de orientación la siguiente lista, hecha a vuela pluma, y con escasas pretensiones y que bien podría titularse algo así como “elenco muy incompleto de defectos y actitudes defectuosas en que suelen incurrir las buenas personas".

Como podréis observar, no se trata, en general, de cosas en sí necesariamente graves, sino de modos de ser, de pensar o de actuar que, aparte de desagradar a Dios, pueden hacer daño al alma y dificultar la vida de los demás. ¿Os imagináis, por ejemplo, lo dura que podemos hacer la vida de quienes con nosotros conviven -y más si de nosotros dependen- cuando nos dejamos dominar por el pesimismo, la intransigencia o la tacañería? “Hemos de convencernos de que el mayor enemigo de la roca no es el pico o el hacha, ni el golpe de cualquier otro instrumento, por contundente que sea: es ese agua menuda, que se mete, gota a gota, entre las grietas de la peña, hasta arruinar su estructura. El peligro más fuerte para el cristiano es despreciar la pelea en esas escaramuzas que calan poco a poco en el alma, hasta volverla blanda, quebradiza e indiferente, insensible a las voces de Dios".

Se trata de saber si somos -y si desde la última Confesión se nos ha notado claramente-, aparte de otras cosas más gordas: caprichosos, tozudos, intransigentes, coléricos, irascibles, agresivos, discutidores implacables, quejicas, malhumorados, envidiosos, protestones por sistema, egoistones, susceptibles, tacaños, mezquinos, propensos al complejo de víctima, perezosos, comodones, flojos, sensuales, equilibristas de la impureza, noveleros, excesivamente soñadores, suavemente materialistas, irresponsables, frívolos, vacíos, superficiales, inconstantes, mentirosos, tramposos, faltos de autenticidad, desordenados, chapuceros, vanidosos, arrogantes, engreídos, impuntuales, rencorosos, murmuradores, chismosos, mal pensados, difamadores, duros para la comprensión, brutos en al expresión, mal dispuesto contra todo y todos, despreciativos, faltos de espíritu universal, fácilmente injustos, ingratos, desagradecidos, poco propicios a la generosidad, indiferentes hacia los demás, aislacionistas, individualistas, sembradores de pesimismo, incrédulos por comodidad, irreverentes, poco piadosos, faltos de visión sobrenatural, faltos de confianza en Dios, sordos a su voluntad, propensos a olvidarnos de El, distraídos en la liturgia, poco devotos de la Virgen.

Y examinar también:
si despreciamos el tiempo,
si vivimos permanentemente descontentos,
si nos falta sentido del pudor,
si estamos excesivamente seguros de las propias ideas,
si nos sentimos como reyes no reconocidos o injustamente destronados, y, en consecuencia, siempre enfadados,
si en todas las cosas estamos contra,
si vivimos exageradamente inquietos por el porvenir,
si no nos preocupa el sufrimiento ajeno ni las injusticias,
si sólo somos amables cuando nos conviene,
si somos propensos a instrumentalizarlo todo hacia lo que nos conviene,
si carecemos del “sentido del otro",
si pactamos fácilmente con la injusticia,
si siempre lo vemos todo desde el punto de vista propio,
si solemos pasar factura a los demás, por lo que hacemos o nos parece hacer por ellos,
si no damos limosna ni por casualidad,
si somos negligentes en la educación de los hijos, quizá con el pretexto del mucho trabajo,
si somos negligentes en la atención debida a los padres, esposa o esposo,
si aumentamos innecesariamente la carga de los demás con caprichos y nuevas necesidades,
si sólo nos preocupamos de que nuestros padres nos complazcan, y rara vez les damos una alegría,
si exigimos mucho y damos poco,
si aceptamos la mediocridad en las cosas de Dios,
si tenemos tendencia a confiar más en nosotros mismos que en la gracia,
si descuidamos la oración personal,
si no procuramos adquirir la debida formación religiosa,
si damos por supuesto que el apostolado es cosa de los otros,
si vivimos esquivando las cruces que nos santificarían,
si sentimos celos por el progreso espiritual de los otros,
si nos falta fe en el Magisterio de la Iglesia,
si tenemos tendencia a criticarla,
si nos consideramos el mejor intérprete del Vaticano II,
si contribuimos al desprestigio de las personas consagradas a Dios,
si somos tacaños en la ayuda económica a la Iglesia,
si llegamos habitualmente tarde a Misa,
si descuidamos el ayuno y la abstinencia,
si… , etc.


Después de esta relación meramente ejemplificativa, ¿continuaréis pensando algunos que todavía es difícil hallar -aun sin emplear demasiado tiempo-, cinco, seis, siete o diez pecados o defectos gordos de los que acusaros? Y si fuese así, ¿no sería cosa de ir pensando en introducir vuestro proceso de canonización? Ya os dais cuenta de que ese elenco no es sino un cajón de sastre, donde hay cosas que pueden ser, o llegar a ser, incompatibles con una vida cristiana de verdad; y cosas menos importantes, si se lucha contra ellas. Y si, refiriéndoos a estas últimas, me dijeseis que son pequeñeces, yo podría responderos con palabras ajenas, muy llenas de razón y muy experimentadas: “Sí, verdaderamente: pero esas pequeñeces son el aceite, nuestro aceite, que mantienen viva la llama y encendida de la luz" (Tomado del libro:ALFONSO REY. El sacramento de la Penitencia. Ed. Palabra. Madrid 1977).

Y para terminar, ¿Qué mejor que esta referencia a Nuestra Señora en estos momentos que recordamos la Pasión de nuestro Señor que se hacen tan amargos para nuestra Madre María? No estamos solos. De hecho, nadie como Ella conoce mejor nuestros corazones y sabe comprender nuestras palabras y gestos para presentárselas al Señor con una sonrisa cómplice de la que se sabe Mediadora de todas las gracias. Y ante nuestras vacilaciones, penas e imperfecciones nos susurra al oído: “No pasa nada, ven conmigo. Yo te acompáñame y te enseñaré el camino”. Porqué, ¿a quién se dirige un niño pequeño cuando quiere que se le perdone por alguna “trastada” que acaba de cometer? No hay ninguna duda. Primero, a su madre, ¡claro! El sabe que ella le quiere con locura. Que a pesar de la regañina justa y necesaria para hacerle mejor persona, mejor hijo de Dios, ella le perdonará, y le ofrecerá su ayuda para corregirse y luchar contra las malas inclinaciones.

Recuerda: “María, Madre de Dios y Madre nuestra, nunca falla porque es madre. “Antes, solo, no podías… —Ahora, has acudido a la Señora, y, con Ella, ¡qué fácil!”(S. Josemaría Escrivá de Balaguer, Camino, n. 513). 

Remedios Falaguera
 
http://www.buenasideas.org/index.php?option=com_content&task=view&id=388&Itemid=2&lang=es_ES

miércoles, 8 de enero de 2014

San José Custodio de los Dos Corazones


Cuando hablamos de San José, hay un silencio que envuelve a su persona; silencio que vivió toda su vida. Su misión fue, después de la Santísima Virgen María, la mas importante que Dios le haya encomendado a criatura alguna, y al mismo tiempo la mas escondida: salvaguardar "los tesoros de Dios" --Jesús y María--y proteger con su silencio, presencia y santidad el misterio de la Encarnación y el misterio de la Santísima Virgen María.
En la primera venida del Hijo de Dios al mundo, las vidas de María y José fueron radicalmente escondidas; ahora --en estos momentos tan difíciles de la historia-- han salido a relucir para dar a los hombres testimonio del amor de Dios por la humanidad, y de lo que hace en los corazones de aquellos que son fieles a Su voluntad. Y así vemos como se ha despertado en estos tiempos, un nuevo interés en la persona de San José, en su santidad, en su misión y en su intercesión.
Los papas y San José: el Papa León XIII escribe "Quamquam Pluries" reafirmando su patrocinio sobre toda la Iglesia. El Papa Pío XII instaura la fiesta de San José, Obrero, el día 1 de mayo. Papa Juan Pablo II escribe"Redemptoris Custos"; habla de la misión de San José especialmente en estos tiempos donde la Iglesia enfrenta grandes peligros. De manera particular, Dios quiere hacer relucir la persona y misión de San José en su relación con los Sagrados Corazones de Jesús y María. La primera indicación de ello fue dada en las apariciones de la Virgen de Fátima, en Portugal. En la última aparición de la Virgen, el 13 de octubre, San José aparece junto con el Niño Jesús y bendice al mundo. Sor Lucía, la principal vidente, relata lo sucedido:
"Mi intención [en gritar a la gente que miraran hacía arriba,]no era llamarles la atención hacia el sol, porque yo no estaba consciente de su presencia. Fui movida a hacerlo bajo la dirección de un impulso interior. Después que Nuestra Señora había desaparecido en la inmensidad del firmamento, contemplamos a San José con el Niño Jesús y a nuestra Señora envuelta en un manto azul, al lado del sol.  


San José y el Niño Jesús aparecieron para bendecir al mundo, porque ellos trazaron la Señal de la Cruz con sus manos. 
Cuando un poco mas tarde, esta aparición desapareció, vi a nuestro Señor y a la Virgen; me parecía que era Nuestra Señora de los Dolores. Nuestro Señor apareció para bendecir al mundo en la misma manera que lo hizo San José. Esta aparición también desapareció y vi a Nuestra Señora una vez mas, esta vez como Nuestra Señora del Carmen."
Ese día en Fátima se hicieron presente los Dos Corazones y San José. Dios nos revela los Corazones de Jesús y María pues ellos son la esperanza de la humanidad. Es el amor y la misericordia de estos Dos Corazones la que salvara al mundo del pecado y de la muerte. Pero el misterio de la presencia de San José revela que, unido al amor de los Dos Corazones, Dios espera y busca el amor y la respuesta del hombre para con su hermano. El hombre, con su amor, intercesión y reparación, sumergidos en el amor de Jesús y María, también debe alcanzar gracias de conversión para la humanidad. 

Dios salvará la humanidad por medio del amor: el amor de Jesús y María y de todos aquellos que, como San José, se unan y vivan dentro de este amor.


I. La Unión del Corazón de San José con los Dos Corazones
Así, como por designio de Dios, el Corazón Inmaculado de la Santísima Virgen está unido "indisolublemente al Corazón de Cristo", de manera que estos Dos Corazones permanecieran unidos para siempre y por ellos nos llegara la salvación, así mismo, por designio de Dios, el corazón que mas de cerca vive en alianza con éstos Dos Corazones es el corazón de San José.

Cuando contemplamos el corazón de San José, contemplamos un corazón puro, que dirige todos sus afectos y acciones hacia aquellos que le fueron encomendados, cuya grandeza él supo leer y entender. Todos los movimientos del corazón de San José tenían un solo objetivo: el amor de los Dos Corazones. Por ellos trabajó; por ellos obedeció; por ellos sufrió; a ellos los defendió y protegió sin interrupción. Su vida era para amar, consolar, proteger y cuidar a los Dos Corazones. Hay que recordar que San José no era Dios hecho hombre, ni tampoco fue concebido inmaculado; el nació con el pecado original igual que todos nosotros. Pero su corazón se hizo uno con el Corazón de María y a través de ella, con el Sagrado Corazón de Jesús. Veamos como se da en San José esta misteriosa unidad.

El Corazón de San José unido al Corazón de María, su Esposa
El corazón de San José vivió en plena comunión con el Inmaculado Corazón de María. Ella fue para el, igual que lo es para todos nosotros, el camino que lo condujo al misterio del Dios hecho Hombre. En el sueño del ángel, oyó éstas palabras: "No temas tomar contigo a María tu mujer porque lo nacido de ella es del Espíritu Santo." (Mt 1: 20) Con esto, es introducido no solamente en el misterio de la Encarnación, sino también en el misterio del corazón excepcional de la Virgen Santísima, escogida para ser Madre de Dios. San José se dio cuenta que el Mesías y Salvador, tan esperado por su pueblo, había de llegar al mundo a través del seno maternal de María, la mujer a quien Dios le había dado por esposa.
¿Cuál fue la respuesta de San José? "Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomo consigo a su mujer" (Mt 1:24). En otras palabras, San José se consagrá a María, a su persona, a su corazón, y a su misión. Accedió a la voluntad de Dios quien designó que el, y todo el genero humano, había de recibir al Redentor por manos de María. Mucho mas que todas las generaciones que llamarán bendita a la Virgen por las maravillas que Dios ha hecho en ella (cf. Lc 1:48-49), San José las supo ver, ponderar, y amar, levantandose así en su corazón, un profundo deseo de protegerla.
San José vivó en perfección la consagración al Inmaculado Corazón de María. Es él, el perfecto devoto de la Virgen, y nosotros debemos aprender de él. El es el primer ejemplo del mensaje que San Juan Eudes escuchó del Corazón Eucarístico de Jesús: "Te he dado este admirable Corazón de Mi Madre, que es Uno con el Mío, para ser Tu verdadero Corazón también...para que puedas adorar, servir y amar a Dios con un corazón digno de su Infinita Grandeza".
Debemos pedirle que nos enseñe como amar con todo nuestro corazón a la Santísima Virgen, a quien amó con todas las fuerzas de su corazón y de quien recibió, con profundo agradecimiento, el Sagrado Corazón de Jesús, el Salvador.


El Corazón de San José unido al Corazón de Jesús
Después del de la Virgen, el corazón de San José es el que mas cerca estuvo del Corazón del Redentor. San José amaba con verdadero amor paternal a Cristo. Su corazón estaba unido de tal forma al de Jesús, que mucho antes que San Juan se recostara sobre el pecho del Señor, ya San José conocía plenamente los latidos del Corazón de Cristo y aún mas, Cristo conocía perfectamente los latidos del corazón de su padre virginal, puesto que toda su niñez la pasó recostado del pecho de su padre, San José.
En esta comunión de "corazón a Corazón", ¿qué secretos insondables habrá descubierto San José en el Corazón de su Hijo? El Ángel le había revelado en sueño que el Hijo de María era quien "salvará a su pueblo de sus pecados" (Mt 1:21). Entendió que el Corazón del Emmanuel era un corazón humilde, misericordioso y redentor. Era el Corazón de Dios, formado por el Espíritu Santo, que vino a salvar a su pueblo. No para una salvación meramente temporal, sino mucho mas profunda; era la salvación del mal que había entrado en el corazón humano: el egoísmo, el desamor, la división, la injusticia.... el pecado.
Estos secretos insondables fueron conocidos plenamente por San José, por la intimidad de contemplación de los corazones de Jesús y María. Lo encontramos al lado de la Santísima Virgen en los misterios gozosos del Santo Rosario. Al convivir y contemplar lo que se desarrollaba en la vida de Jesús y en la vida de su esposa, su corazón crecía en admiración y amor a Dios y en ardientes deseos de participar plenamente en su obra.

II. San José y el Triunfo de los Dos Corazones
La presencia de San José en dos de las apariciones de la Santísima Virgen aprobadas por la Iglesia --Knock y Fátima-- muestran el deseo de Dios de que se reconozca a San José. En la aparición de Fátima vemos como Dios no dejó duda alguna de la importancia de San José en su plan para la conversión del mundo a través del Inmaculado Corazón de María. Fue la misma Virgen María la que anunció, en su aparición del día 13 de septiembre, de que en octubre no solo haría un milagro para que todo el mundo creyera, sino que San José vendría con el Niño Jesús a bendecir al mundo. La Virgen le dijo:
"Continúen rezando el rosario para obtener el fin de la guerra. En octubre, Nuestro Señor vendrá, así como nuestra Señora de los Dolores y Nuestra Señora del Carmen. San José aparecerá con el Niño Jesús y bendecirá al mundo."
¿Por qué Dios hizo de la presencia de San José en Fátima, un elemento visible en el misterio del triunfo que se avecina? Porque San José es el modelo para toda la humanidad de unión con los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Y ademas, lo que fue su misión en la tierra, continúa siendolo en el cielo: él fue y es el protector de los Dos Corazones. Él protegió el Corazón Inmaculado de María y el Sagrado Corazón de Jesús, que latía en el seno de la Virgen. Los protegió celosamente y por eso ellos triunfaron en su corazón. 
¿Cómo no va a ser ahora quien los proteja, asegurando su triunfo en los corazones de todos los hombres?
San José, dado como protector de los Dos Corazones en el principio, es ahora encomendado por Dios como protector de toda la familia humana. De forma particular, San José es protector de todos aquellos que aman a los Dos Corazones, que se han unido a ellos y que promueven su pronto Reinado en la humanidad.
Es San José el que enseña de forma mas plena a los apóstoles de los Dos Corazones, a tener plena unidad interior con el corazón de Jesús y el de María, porque fue precisamente él, el tercer corazón, que se unió a ellos en amor, en servicio y en fidelidad.
Son los apóstoles de los Dos Corazones los que de una manera nueva deben acogerse a la protección de San José y pedirle a él que les enseñe a amar, a servir, a sacrificarse y a permanecer unidos a éstos Dos Corazones como él lo hizo toda su vida.

¡San José, Custodio de los Dos Corazones.... Ruega por nosotros!
 Por Hna. María José Socías, sctjm

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