En el desarrollo emocional del bebé, el precursor del espejo es el rostro de la Madre. Así el niño aprende a sonreír imitando a su madre.
Cristo aprendió a sonreír mirando el rostro de María y nos dejó para siempre el regalo de su eterna sonrisa, Humana y Divina en la Eucaristía. La vida cristiana es un camino hacia el cielo, con muchas etapas, cruces, dificultades, pero no nos podemos olvidar que Cristo nos dejó su sonrisa: "Yo estaré con vosotros hasta el final de los tiempos".
Miremos a la Eucaristía y aprendamos a sonreír. Él nos sonríe, nos acoge y nos cuida. Si no sonreímos más y vivimos nuestra vida cristiana tristes, es porque necesitamos mirar más la sonrisa de Dios y aprender a sonreír. Hagámonos niños, porque de los niños es el Reino de los cielos.





