Los sacramentos no son simples símbolos religiosos ni costumbres heredadas. Son encuentros reales con Cristo, instituidos para sanar, fortalecer y elevar nuestra vida.
En el Bautismo somos hechos hijos de Dios. En la Confesión, el alma herida vuelve a la gracia. En la Eucaristía recibimos al mismo Cristo, alimento verdadero para caminar hacia la vida eterna.
Por eso una fe sin sacramentos acaba debilitándose. Podemos tener buenas ideas, sensibilidad espiritual o admiración por el Evangelio, pero la vida cristiana necesita la gracia. Y la gracia no es una mera teoría: se recibe, se custodia y se alimenta.
El mundo moderno, relativista y protestantizado en muchos casos, nos ha acostumbrado a vivir desde la emoción, la opinión o la pura voluntad. La Iglesia, en cambio, nos llama a una vida concreta: confesarnos, comulgar dignamente, rezar, perseverar, volver a levantarnos en Cristo Jesús.
Cristo no dejó a su Iglesia solo palabras hermosas, ni tampoco meras amenazas para los que no cumplen su voluntad. Cristo dejó medios reales de salvación.
Quien descuida los sacramentos termina intentando salvarse con sus propias fuerzas o acaba cayendo entre las tentaciones del mundo. Y el alma humana, sin la gracia de Dios, se cansa, se enfría y se pierde.
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