María Desatadora de Nudos, en este amanecer me acerco a ti con el corazón lleno de gratitud, aún en medio de todo lo que llevo dentro.
Gracias, Madre, por este nuevo día, por el regalo de la vida y por sostenerme incluso cuando no me doy cuenta. Gracias por cada momento en el que me has cuidado en silencio, por cada vez que me has levantado sin que yo lo note y por no soltarme, incluso cuando mi fe ha sido débil.
Hoy no quiero comenzar este día cargando solo con lo que me pesa. Por eso vengo a entregarte esos nudos que oprimen mi corazón: las preocupaciones que no me dejan en paz, los miedos que me paralizan, las heridas que aún duelen y la tristeza que a veces se esconde detrás de una sonrisa.
Recibe todo, Madre… lo que entiendo y lo que no, lo que puedo expresar y lo que guardo en lo profundo. Toma estos nudos entre tus manos y comienza a desatarlos con tu ternura, con paciencia, con ese amor que sana sin lastimar.
Gracias porque sé que no estoy solo, porque incluso en medio de mis luchas, tu presencia me acompaña y me envuelve. Gracias porque, aunque no vea cambios inmediatos, confío en que Dios está obrando en lo invisible. Enséñame a soltar, a confiar y a descansar en lo que no puedo controlar. Dame un corazón más ligero, más sereno y más lleno de fe.
María Desatadora de Nudos, hoy pongo mi vida en tus manos con agradecimiento. Recibe todo lo que soy y ayúdame a caminar este día con paz, sabiendo que, en ti, todo puede comenzar a transformarse.
Amén
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