“¡Ahí está Él, escondido en ese pan blanco! Pero no está oculto para nosotros; lo vemos y su luz nos quema. ¡Es como un fuego que no podemos apagar!”
“Ese pedazo de pan no es solo pan. ¡Es El, el mismo que nos echó del cielo! Lo odiamos, pero no podemos acercarnos!”
“Si
los humanos supieran quién está realmente ahí, ¡el mundo entero se
arrodillaría y nosotros seríamos derrotados para siempre!”
“Cada minuto que pasan delante de Él, nos quita fuerza. ¡Nos obliga a huir como cobardes!”
“Ese lugar donde lo adoran está lleno de ángeles. ¡No podemos entrar ahí ni siquiera con nuestras trampas!”
“Cuando lo adoran, Él fortalece sus almas y destruye todo lo que hemos hecho en sus vidas.”
“Una hora ante Él nos quita a las almas que habíamos atrapado durante años.¡Es como una gran guerra contra nosotros y la perdemos siempre!”
“La Hora Santa llena de luz sus hogares y sus familias. ¡No podemos soportar esa luz, nos ciega!”
“Cuando
hacen la Hora Santa por los pecadores, ellos reciben Su misericordia y
nuestras cadenas se rompen. ¡Es una condena para nosotros!”
“Esas horas de silencio frente a Él son como un martillo que golpea nuestras cabezas. ¡No podemos resistirlo!”
“Cuando lo miran, no dicen nada, pero Él actúa en sus corazones. ¡Eso nos destruye desde dentro!”
“El silencio delante de Él es más poderoso que mil palabras. ¡Él los llena de gracia y los hace invencibles!”
“Cada momento de adoración ofrecido por las almas del purgatorio las libera.
¡Esos actos son como espadas que cortan nuestras cadenas!”
“Esas almas que Él libera nos quitan terreno, ¡y no podemos recuperarlo!”
Dios toma sus corazones y los hace nuevos.
Memorias del Padre Gabriel Amorth