Señal de la Cruz.
Oración.
(Menciona aquí tu petición)
1 Padrenuestro y 3 Avemaría.
Amén.
Señal de la Cruz.
Oración.
(Menciona aquí tu petición)
1 Padrenuestro y 3 Avemaría.
Amén.
Mírame Señor que te quiero amar Mírame que con lágrimas te pido sanar, todas las heridas de mis cruces, producto de mi andar. No apartes tu mirada de mi, no me abandones en la tempestad y mucho menos en la dificultad. Enséñame a ser como tú, llena de humildad.
"El hombre de hoy sabe muy bien que las fuerzas que él ha desencadenado pueden aplastarle o salvarle.
Ante este panorama, acudamos a María, Madre de misericordia. Ella es el apoyo y la esperanza de la Iglesia de hoy porque cree en la profecía del Magnificat y en la maternal tarea de la Madre de Dios y madre de los hombres, que vive fidelísimamente hasta el fin del mundo.
Ella arranca a Dios su misericordia que derrama generación tras generación. En Ella y por Ella no cesa de revelarse en la historia de la Iglesia y de la humanidad la misericordia divina."
San Juan Pablo II (Dives in misericordia).
Llegando al Calvario, lo tumbaron sobre la cruz y extendiendo su brazo derecho sobre el madero, lo ataron fuertemente; uno de sus ejecutores puso la rodilla sobre su pecho, otro le abrió la mano, un tercero apoyó sobre la carne un clavo grueso y largo y lo clavó con un martillo de hierro, su sangre salpicó los brazos de sus verdugos. Los clavos eran muy largos, la cabeza chata y del ancho de una moneda; tenían tres caras, eran del grueso de un dedo pulgar; la punta sobresalía por detrás de la cruz.
Después de haber clavado la mano derecha de Nuestro Señor, los verdugos vieron que la mano izquierda no llegaba al agujero designado. Entonces ataron una cuerda al brazo izquierdo de Jesús y tiraron de él con toda la fuerza hasta lograr que la mano llegara. Esta brutal dislocación de sus brazos lo atormentó horriblemente, su pecho se levantó, sus piernas se contrajeron y sus quejidos se oían en medio de los martillazos, entonces hundieron otro clavo en la mano izquierda.
Habían clavado en la cruz un pedazo de madera para sostener los pies, extendieron sus piernas y las ataron con cuerdas a la cruz, pero los pies no llegaban, entonces ataron una cuerda a su pie derecho y tiraron de él, la dislocación fue tan espantosa que se oyó crujir y Jesús exclamó: «Dios mío, Dios mío». Ataron después el pie izquierdo sobre el derecho y lo taladraron aparte. Cogieron un clavo más largo que los de las manos y lo clavaron con el martillo atravesando los pies y el pedazo de madera hasta el mástil de la cruz, fueron treinta y seis martillazos.
📚 Extracto del libro La amarga Pasión de Cristo de Ana Catalina Emmerick
Este árbol, de dimensiones celestes, ascendió de la tierra hasta los cielos. Planta inmortal fijada entre el cielo y la tierra. Es el punto de apoyo fijo del universo, el punto de reposo de todas las cosas, cimiento del orbe, eje cósmico. Resume en él y en una unidad la multiplicidad de la naturaleza humana. Está sujeto por clavos invisibles del espíritu para no soltarse de su unión con lo divino. Toca las supremas alturas del cielo y con sus pies consolida la tierra y abarca con sus brazos inconmensurables la atmósfera ancha e intermedia", Himno anónimo (siglo IV).
Era una tarde noche
de primavera
y amor profundo,
cuando llenaste el vaso
del corazón.
Y una fragancia de vida
empezó a extenderse
por todo el mundo;
Era la víspera misma
de tu pasión.
Tarde de amor
tarde de Jueves Santo,
Dios nos amó tanto
que se hizo pan.
Gabriela Mistral
Reflexiones del alma
Retrato de un hombre que acaba de morir
Considera que tierra eres y en tierra te has de convertir. Día llegará en que será necesario morir y pudrirse en una fosa, donde estarás cubierto de gusanos (Sal. 14, 11). A todos, nobles o plebeyos, príncipes o vasallos, ha de tocar la misma suerte. Apenas, con el último suspiro, salga el alma del cuerpo, pasará a la eternidad, y el cuerpo, luego, se reducirá a polvo (Sal. 103, 29).
Imagínate en presencia de una persona que acaba de expirar. Mira aquél cadáver, tendido aún en su lecho mortuorio; la cabeza inclinada sobre el pecho; esparcido el cabello, todavía bañado con el sudor de la muerte; hundidos los ojos; desencajadas las mejillas; el rostro de color de ceniza; los labios y la lengua de color de plomo; yerto y pesado el cuerpo... ¡Tiembla y palidece quien lo ve!... ¡Cuántos, sólo por haber contemplado a un pariente o amigo muerto, han mudado de vida y abandonado el mundo!
Pero todavía inspira el cadáver horror más intenso cuando comienza a descomponerse... Ni un día ha pasado desde que murió aquel joven, y ya se percibe un hedor insoportable. Hay que abrir las ventanas, y quemar perfumes, y procurar que pronto lleven al difunto a la iglesia o al cementerio, y que le entierren en seguida, para que no inficione toda la casa... Y el que haya sido aquel cuerpo de un noble o un potentado no servirá, acaso, sino para que despida más insufrible fetidez, dice un autor.
¡Ved en lo que ha venido a parar aquel hombre soberbio, aquel deshonesto!... Poco ha, veíase acogido y agasajado en el trato de la sociedad; ahora es horror y espanto de quien le mira. Apresúranse los parientes a arrojarle de la casa, y pagan portadores para que, encerrado en su ataúd, se lo lleven y den sepultura... Pregonaba la fama no ha mucho el talento, la finura, la cortesía y gracia de ese hombre; mas a poco de haber muerto, ni aun su recuerdo se conserva (Sal. 9, 7).
Al oír la nueva de su muerte, limítanse unos a decir que era un hombre honrado; otros, que ha dejado a su familia con grandes riquezas. Contrístanse algunos, porque la vida del que murió les era provechosa; alégranse otros, porque esa muerte puede serles útil.
Por fin, al poco tiempo, nadie habla ya de él, y hasta sus deudos más allegados no quieren que de él se les hable, por no renovar el dolor. En las visitas de duelo se trata de otras cosas; y si alguien se atreve a mencionar al muerto, no falta un pariente que diga: “¡Por caridad, no me lo nombréis más!”
Considera que lo que has hecho en la muerte de tus deudos y amigos así se hará en la tuya. Entran los vivos en la escena del mundo a representar su papel y a recoger la hacienda y ocupar el puesto de los que mueren; pero el aprecio y memoria de éstos poco o nada duran. Aflígense al principio los parientes algunos días, mas en breve se consuelan por la herencia que hayan obtenido, y muy luego parece como que su muerte los regocija. En aquella misma casa donde hayas exhalado el último suspiro, y donde Jesucristo te habrá juzgado, pronto se celebrarán, como antes, banquetes y bailes, fiestas y juegos... Y tu alma, ¿dónde estará entonces?
AFECTOS Y SÚPLICAS
¡Gracias mil os doy, oh Jesús y Redentor mío, porque no habéis querido que muriese cuando estaba en desgracia vuestra! ¡Cuántos años ha que merecía estar en el infierno!... Si hubiera muerto en aquel día, en aquella noche, ¿qué habría sido de mí por toda la eternidad?... ¡Señor!, os doy fervientes gracias por tal beneficio.
Acepto mi muerte en satisfacción de mis pecados, y la acepto tal y como os plazca enviármela. Mas ya que me habéis esperado hasta ahora, retardadla un poco todavía. Dadme tiempo de llorar las ofensas que os he hecho, antes que llegue el día en que habéis de juzgarme (Jb. 10, 20).
No quiero resistir más tiempo a vuestra voz... ¡Quién sabe si estas palabras que acabo de leer son para mí vuestro último llamamiento! Confieso que no merezco misericordia. ¡Tantas veces me habéis perdonado, y yo, ingrato, he vuelto a ofenderos! ¡Señor, ya que no sabéis desechar ningún corazón que se humilla y arrepiente, ved aquí al traidor que, arrepentido, a Vos acude! Por piedad, no me arrojéis de vuestra presencia (Sal. 50, 13).
Vos mismo habéis dicho: Al que viniere a mí no le desecharé. Verdad es que os he ofendido más que nadie, porque más que a nadie me habéis favorecido con vuestra luz y gracia. Pero la sangre que por mí habéis derramado me da ánimos y esperanza de alcanzar perdón si de veras me arrepiento... Sí, bien sumo de mi alma; me arrepiento de todo corazón de haberos despreciado.
Perdonadme y concededme la gracia de amaros en lo sucesivo. Basta ya de ofenderos. No quiero, Jesús mío, emplear en injuriaros el resto de mi vida; quiero sólo invertirle en llorar siempre las ofensas que os hice, y en amaros con todo mi corazón. ¡Oh Dios, digno de amor infinito!... ¡Oh María, mi esperanza, rogad a Jesús por mí!
("Preparación para la muerte" - San Alfonso M. de Ligorio)
Yo, Señor, sé con certeza que te amo, no tengo dudas de ello.
Heriste mi corazón con tu verbo y te amé…
Pero ¿qué es lo que amo cuando te amo?
No es la hermosura corpórea, ni el encanto transitorio,
ni el resplandor de luz agradable a mis ojos de acá abajo,
no las suaves melodías de cantos de variados modos,
no la delicada fragancia de las flores, perfumes o aromas,
no la dulzura del maná o de la miel,
ni el deleite del cuerpo con abrazos de la carne.
Nada de eso es lo que amo, cuando amo a mi Dios.
Sin embargo, amo cierta luz, cierta armonía,
cierta fragancia, cierto manjar y cierto deleite,
cuando amo a mi Dios.
Él es luz, melodía, fragancia, alimento y deleite
del hombre interior en mi.
En él resplandece como una luz que el espacio no atrapa,
y percibe un sonido que el tiempo no arrebata,
siente una fragancia que el viento no dispersa,
y saborea un manjar que al comer no se consume,
En él se cierra un abrazo que la plenitud no abre.
Esto es lo que amo, cuando amo a mi Dios.
San Agustín (354-430)
obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia
Las Confesiones, X,6 (Lectures chrétiennes pour notre temps, Abbaye d'Orval, 1973), trad. sc©evangelizo.org
¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías, cuando las tuyas están llenas de heridas?
¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?
El texto de las bienaventuranzas procede del Evangelio según San Mateo (Mt 5,3-12).
Dame oh Señor, un hijo que sea lo bastante fuerte para saber cuando es débil, y lo bastante valeroso para enfrentarse a sí mismo cuando sienta miedo.
Un hijo que sea orgulloso e inflexible en la derrota honrada, humilde y magnánimo en la victoria.
Dame un hijo que nunca doble la espalda cuando deba erguir el pecho, un hijo que sepa conocerte a Ti...
y conocerse a sí mismo, que es la piedra fundamental de todo conocimiento.
Condúcelo te lo ruego, no por el camino cómodo y fácil, sino por el camino áspero, aguijoneado por las dificultades y los retos, ahí, déjale aprender a sostenerse firme en la tempestad y a sentir compasión por los que fallan.
Dame un hijo cuyo corazón sea claro, cuyos ideales sean altos, un hijo que se domine a sí mismo, antes que pretenda dominar a los demás; un hijo que aprenda a reír pero que también sepa llorar, un hijo que avance hacia el futuro pero que nunca olvide del pasado.
Y después de que le hayas dado todo eso, agrégale, te suplico, suficiente sentido del buen humor, de modo que pueda ser siempre serio, pero que no se tome a sí mismo demasiado en serio.
Dale humildad, para que pueda recordar siempre la sencillez de la verdadera grandeza, la imparcialidad de la verdadera sabiduría, la mansedumbre de la verdadera fuerza.
Entonces, yo, su padre, me atreveré a murmurar: No he vivido en VANO
Hay que ayunar también de intenciones, miradas, y palabras dañinas.
Ayunar también de voces que nos negativizan, de palabras que nos desdicen, que no dicen bien.
San José ayunó de todo eso, no sólo durante una Cuaresma, sino a lo largo de toda su vida.