Amar también significa reconocer nuestros límites, acompañar con esperanza y confiar en Dios cuando ya no sabemos qué más hacer.
Por: Rafael Moya | Fuente: Catholic.Net
Un padre llevó a su hijo ante Jesús. Llevaba tiempo viendo cómo sufría y había buscado ayuda sin encontrar una respuesta.
Cuando finalmente estuvo frente a Jesús, no habló como alguien que tenía una fe perfecta. Habló como un padre cansado que quería ayudar a su hijo y ya no sabía cómo.
“Creo; ayuda mi poca fe”.
Hay momentos en los que nosotros también llegamos hasta ahí.
Acompañamos a alguien durante una enfermedad, intentamos ayudar a un hijo que atraviesa una etapa difícil, vemos sufrir a nuestra pareja, a nuestros padres o a un amigo. Buscamos alternativas, damos consejos, hacemos llamadas, preguntamos, insistimos y llega un momento en el que tenemos que reconocer que no sabemos qué más hacer.
La impotencia también duele.
Aquel padre no llegó con respuestas. Llegó con su preocupación, sus dudas y el amor por su hijo. Y eso fue suficiente para acercarse.
Quizá sanar también implique aceptar nuestros límites. Reconocer que amar a alguien no significa poder resolver todo lo que le ocurre.
Podemos acompañar, buscar ayuda, permanecer cerca y hacer aquello que esté en nuestras manos.
Y cuando ya no sabemos qué más hacer, todavía podemos decir con aquel padre:
“Creo; ayuda mi poca fe”.
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