Algo más que un silencio por aquellas palabras que, estando vivos entre nosotros, fueron consuelo, fuerza y esperanza.
Palabras que no sabemos cómo ni de qué manera, llenaron tantos espacios ahora muertos. Mucho más que una lágrima, porque las suyas fueron llanto y ríos en abundancia, cuando nuestros errores o decepciones no siempre estuvieron a la altura de lo que significaban.
¡MERECEN ALGO MÁS!
Que caer en el olvido o en el absurdo cuando, sin quererlo o sin saber por qué, dejamos sus rostros esparcidos en bosques o playas, campos o mares, calles o plazas. Cuando, como cristianos, sabemos que son semilla destinada a descansar en tierra fértil.
¡MERECEN ALGO MÁS!
Que un día con veinticuatro horas de recuerdos, porque sus pisadas en nuestros pasos, fueron aliento y entrega permanente cuando la vida nos castigaba cruelmente en nuestro caminar.
¡MERECEN ALGO MÁS!
Que una lágrima sin futuro o unas flores sin eternidad. Mucho más que una añoranza sin esperanza o un “gracias” sin apostar por el más allá. Mucho más que una legítima ausencia, sin llorar previamente nuestro arrepentimiento. Arrepentimiento por las veces que, en el aquí y no en el allá, no les dimos el abrazo que ahora les daríamos, el beso que tal vez les negamos o el oído que, por falta de tiempo, les retiramos.
¡Qué fácil es amar cuando alguien se va y qué difícil el Señor nos lo pondrá cuando, tal vez, nos pregunte: “¿Qué hiciste en vida con tu hermano, tu padre, tu madre, tu abuelo o tu amigo?”.
Porque no lo olvidemos, ellos son nuestros mientras viven junto a nosotros, pero son de Dios cuando se marchan de este mundo.
¡CUÁNTO SE MERECEN!
EL Señor les dará lo que nosotros no supimos… o no quisimos.
Descansen en paz.
Hoy rezamos por ellos. ¿Rezará alguien por nosotros mañana?

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