Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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ACI prensa

La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven. http://la-oracion.com

martes, 10 de octubre de 2017

Nada más pecado.




De pecadores a santos



Ningún enfermo puede curarse si no reconoce que está enfermo y decide comenzar el tratamiento que lo llevará a la salud. 

Así también el pecador que quiera salir del pecado, deberá reconocer que es pecador y que necesita del Médico divino, Jesucristo, para recuperar la salud del alma.

Nosotros, por nosotros mismos, somos la nada, más el pecado. Entonces ¿por qué no acudimos a Dios, el Único que Es, y que nos puede hacer grandes en su Reino?

Y si hemos sido muy pecadores, o aún lo somos, entonces tenemos que amar mucho al Señor, puesto que si Él nos perdona todo, debemos amarle más porque nos perdona mucho, y mucho tenemos que amarle, ya que a quien más se le perdona, más demuestra su amor, según palabras del Señor en el Evangelio.

Así que jamás pequemos, pero si pecamos, no nos desanimemos, y aprovechemos esa humillación para subir más alto, arrojándonos a la Misericordia de Dios, para que transforme todas nuestras miserias y haga una obra maestra, un santo de Dios.

Los santos no fueron de otro planeta, sino que muchísimos de ellos fueron grandes pecadores, y tenían los mismos defectos que nosotros e incluso mayores. Pero quisieron ser perfectos, y pidieron ayuda a Dios y la secundaron con su buena voluntad, y ahora son estrellas en el Paraíso, y modelos para nosotros.

Todos debemos ser santos, ya que Dios a todos nos da las gracias suficientes para que lo seamos. De nosotros depende, pues Dios nos da todo. Está en nosotros el saber aprovecharlo.



domingo, 8 de octubre de 2017

EXISTENCIA DEL MÁS ALLÁ




Comenzamos hoy, bajo el manto y la mirada maternal de la Santísima Virgen de Atocha, esta serie de conferencias cuaresmales, cuyo tema central lo constituye El misterio del más allá.
Y, ante todo, os voy a decir por qué he escogido este tema. Son tres las principales razones que me han movido a ello:
En primer lugar, por su trascendencia soberana. Ante él, todos los demás problemas que se pueden plantear a un hombre sobre la tierra, no pasan de la categoría de pequeños problemas sin importancia. No voy a invocar una conversación tenida con un alto intelectual. Salid simplemente a la calle. Preguntadle a ese obrero que se dirige a su trabajo: 

–¿Adónde vas?
Os dirá: ¿Yo?, a trabajar.
–¿Y para qué quieres trabajar?
–Pues para ganar un jornal.
–Y el jornal, ¿para qué lo quieres?
–Pues para comer.
–¿Y para qué quieres comer?
–Pues..., ¡para vivir!
–¿Y para qué quieres vivir? 

Se quedará estupefacto creyendo que os estáis burlando de él. Y en realidad, señores, esa última es la pregunta definitiva; ¿para qué quieres vivir?, o sea, ¿cuál es la finalidad de tu vida sobre la tierra?, ¿qué haces en este mundo?, ¿quién eres tú? No me interesa tu nombre y tu apellido como individuo particular: ¿quién eres tú como criatura humana, como ser racional?, ¿por qué y para qué estás en este mundo?, ¿de dónde vienes?, ¿adónde vas?, ¿qué será de ti después de esta vida terrena?, ¿qué encontrarás más allá del sepulcro? 

Señores: éstas son las preguntas más trascendentales, el problema más importante que se puede plantear un hombre sobre la tierra. Ante él, vuelvo a repetir, palidecen y se esfuman en absoluto esa infinita cantidad de pequeños problemas humanos que tanto preocupan a los hombres. El problema más grande, el más trascendental de nuestra existencia, es el de nuestros destinos eternos. 

La segunda razón que me impulsó a escoger este tema es su enorme eficacia sobrenatural para orientar a las almas en su camino hacia Dios. Este tema interesantísimo no puede dejar indiferente a nadie, porque plantea los grandes problemas de la vida humana. No se trata de una cosa fugaz y perecedera. Se trata de nuestros destinos inmortales, y esto, a cualquier hombre reflexivo tiene que llegarle forzosamente hasta lo más hondo del alma. Para encogerse de hombros ante él es menester ser un loco o un insensato irresponsable. 

La tercera razón, señores, es su palpitante actualidad. Porque si este tema no puede envejecer jamás, por tratarse del problema fundamental de la vida humana, de una manera especialísima en estos tiempos que estamos atravesando adquiere caracteres de palpitante actualidad. No hay más que contemplar el mundo, señores, para ver de qué manera camina desorientado en las tinieblas por haberse puesto voluntariamente de espaldas a la luz. 

Es inútil que se reúnan las cancillerías, que se organicen asambleas internacionales. No lograrán poner en orden y concierto al mundo hasta que lo arrodillen ante Cristo, ante Aquél que es la Luz del mundo; hasta que, plenamente convencidos todos de que por encima de todos los bienes terrenos y de todos los egoísmos humanos es preciso salvar el alma, se pongan en vigor, en todas las naciones del mundo, los diez mandamientos de la Ley de Dios.
Con sola esta medida se resolverían automáticamente todos los problemas nacionales e internacionales que tienen planteados los hombres de hoy; y sin ella será absolutamente inútil todo cuanto se intente. 

Precisamente porque el mundo de hoy no se preocupa de sus destinos eternos, porque no se habla sino del petróleo árabe, de la hegemonía económica mundial de ésta o de la otra nación, o de cualquier otro problema terreno materialista, en el horizonte cercano aparecen negros nubarrones que, si Dios no lo remedia, acabarán en un desastre apocalíptico bajo el siniestro resplandor y el estruendo horrísono de las bombas atómicas.


"El misterio del más allá" - P. Royo Marín.


sábado, 7 de octubre de 2017

¿No se dicen siempre lo mismo los que se aman?




El principio del camino que tiene por final la completa locura por Jesús, es un confiado amor hacia María Santísima.
–¿Quieres amar a la Virgen? –Pues, ¡trátala! ¿Cómo? –Rezando bien el Rosario de nuestra Señora.
Pero, en el Rosario... ¡decimos siempre lo mismo! –¿Siempre lo mismo? ¿Y no se dicen siempre lo mismo los que se aman?... ¿Acaso no habrá monotonía en tu Rosario, porque en lugar de pronunciar palabras como hombre, emites sonidos como animal, estando tu pensamiento muy lejos de Dios? –Además, mira: antes de cada decena, se indica el misterio que se va a contemplar –Tú... ¿has contemplado alguna vez estos misterios?
Hazte pequeño. Ven conmigo y –este es el nervio de mi confidencia– viviremos la vida de Jesús, María y José.
Cada día les prestaremos un nuevo servicio. Oiremos sus pláticas de familia. Veremos crecer al Mesías. Admiraremos sus treinta años de oscuridad... Asistiremos a su Pasión y Muerte... Nos pasmaremos ante la gloria de su Resurrección... En una palabra: contemplaremos, locos de Amor (no hay más amor que el Amor), todos y cada uno de los instantes de Cristo Jesús. (Santo Rosario, Introducción).


jueves, 5 de octubre de 2017

Si nuestros ojos corporales pudiesen ver ....




Acércate a la Mesa de la Palabra y de la Eucaristía. Si nuestros ojos corporales pudiesen ver -ya lo hacen los del alma por la fe- verían al Divino Cordero ofreciéndose vivo al Padre en expiación de nuestros pecados.
Toda la asamblea está presente en el Calvario. El Padre entrega al Hijo, por medio de María, para que los hombres lo adoren, lo amen y lo coman. El Hijo se ofrece al Padre por todas las almas. El Espíritu Santo santifica los dones terrenales y junto a las palabras de la consagración, hace que la fuerza de la bendición sea mayor que la fuerza de la naturaleza: el pan se muda, al igual que el vino, en toda su sustancia, haciéndose Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de nuestro amado Redentor.
Este es el Sacrificio Único, Perfecto y Eterno que ofrecemos al Padre por nuestra salvación y la de nuestros hermanos. Es la Oblación Pura y agradable a Dios, único sacrificio que el Padre no rechaza. Cristo, Sacerdote Eterno (ofrece continuamente el sacrificio en el Santuario celestial) se ofrece por medio del sacerdote y toma sus manos, lengua, toda su persona para realizar un milagro mayor que la misma creación.
El Paraíso Celestial está realmente presente en la tierra. Esto es la Santa Misa. En ella hallamos a todos los coros de ángeles, santos y bienaventurados del cielo, junto a María Santísima alabando sin cesar al que está sentado en el Trono y al Cordero Inmolado.
La Misericordia de Dios supera nuestro pobre entendimiento. Démosle gracias por su obra de salvación.


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