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viernes, 29 de mayo de 2020

Simon, ¿me amas?


 La negación de Pedro, Ilustración de Anton Robert Leinweber (1845-1921), Pintado en 1919, Gouache sobre papel © Christian Art
 
Juan 21:15-19


En aquel tiempo, le preguntó Jesús a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Él le contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”.
Por segunda vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Él le respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Pastorea mis ovejas”.
Por tercera vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?” Pedro se entristeció de que Jesús le hubiera preguntado por tercera vez si lo quería, y le contestó: “Señor, tú lo sabes todo; tú bien sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas.
Yo te aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías la ropa e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás los brazos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras”. Esto se lo dijo para indicarle con qué género de muerte habría de glorificar a Dios. Después le dijo: “Sígueme’’

Reflexión sobre el Gouache en papel

En el evangelio Jesús le pregunta tres veces a pedro que si lo quiere… una de las razones del porque fueron tres veces está en nuestra pintura. Vemos a Pedro llorando amargamente. Esto sucedió después de que él negara a Jesús por tercera vez. 3 negaciones, 3 me quieres… hay una gran enseñanza aquí. No importa cuantas veces caigamos, sino que tan rápido nos levantamos. Es ahí donde está la santidad, que tan rápido nos levantamos después de la caída. El Papa Francisco tiene una expresión que me encanta: “pecador misericordiado”. Esa es nuestra identidad como cristianos. Somos pecadores, pero abiertos a la misericordia de Dios, pecadores perdonados que ahora pueden decir: “Señor, tú sabes que te quiero”.

La pintura que vemos hoy también expresa una realidad que me gusta, el pecado te roba la identidad. Vemos como pedro se cubre su rostro, no es verdaderamente él. Se ve limitado, se ve opreso por su pecado. Cuantas veces tenemos que esconder nuestro rostro por nuestros pecados. Lo bueno es que el señor ya conoce ese rostro y más aún conoce mi rostro redimido, el rostro que quiere que lleve

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