Si el Apóstol, servidor de Cristo, sigue engendrando a sus hijos por su solicitud y su ardiente deseo, hasta que Cristo sea formado en ellos (cf. Gal 4,19), ¡cuánto más eso es cierto de la madre de Cristo! Pablo los ha engendrado al predicar la Palabra que los regeneraba. María lo hizo en forma mucho más santa y divina, engendrando a la misma Palabra. Alabo en Pablo el misterio de la predicación, pero admiro y venero más aún en María el misterio de la generación.
De su parte, los hijos reconocen a su Madre. Por una especie de instinto natural inspirado por la fe, recurren espontáneamente e irresistiblemente a la invocación de su nombre en todas las necesidades y todos los peligros, como niños que se echan en los brazos de su madre.
Por eso, no creo que sea absurdo pensar que de esos niños habla el profeta cuando hace esta promesa: “Tus hijos habitarán en ti” (cf. Is 62,5), sin perder de vista que esta profecía se puede aplicar a la Iglesia. Desde ahora habitamos al abrigo de la Madre del Altísimo, descansamos bajo su protección, a la sombra de sus alas. Más tarde compartiremos su gloria y estaremos en la tibieza de su seno. Entonces resonará el grito unánime de los hijos alabando a su madre “De todos nosotros que estamos en la alegría, tú eres nuestra morada” (cf. Sal 86,7).
Beato Guerrico de Igny (c. 1080-1157)
abad cistercienseSermón I para la Asunción (Lectures chrétiennes pour notre temps, Abbaye d'Orval, 1971), trad. sc©evangelizo.org
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